Tango Bis Basado en hechos reales 27 canciones de Tanguito, incluye temas inéditos. Juan Carlos Downes




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Tango

Bis
Basado en hechos reales

27 canciones de Tanguito,

incluye temas inéditos.

Juan Carlos Downes

Editorial PQ s.r.l

Tucumán 938 – 1ºC –Cap. Fed.

Tel./Fax 326-3744 – Tel. 326-2890

(1049) Rep- Argentina
Reg. Prop. Intelectual Nº 53.780

Prohibida la reproducción total o parcial.

Impreso en Argentina
© Impreso en 1993

Edición digital de Junio 2009 por Felipe Morrison.

Al autor de este libro

no le contaron la historia;

la vivió.
EL EDITOR

Juan Carlos Downes es periodista,

nació el 28 de setiembre de 1952

en la Capital Federal, Argentina.

A fines de la década del 60 organizó

los dos únicos recitales realizados por

Tanguito, transitó una de las épocas

de cambio cultural y social más

convulsionadas del país.

Y es uno de aquellos sobrevivientes…

En el cosmos infernal de mi mente,

aúllan pájaros delirantes.
Tanguito

PROLOGO
A mediados de la década del ´60, Tanguito tenía unos 20 años de edad y ya entonces cantaba rock en castellano. Provenía del Gran Buenos Aires, más precisamente de la ciudad de Caseros, donde vivió con sus padres hasta su muerte en 1972. Su féretro se encuentra en el partido de San Martín donde había nacido el 16 de setiembre de 1945.

Tango Bis, Alejandro Claudio Piedras, es un personaje real nacido el 16 de setiembre de 1952. Desde que conoció a Tanguito juró íntimamente parecérsele en sus gestos, su cuerpo y su postura ante la vida. No soslayó, por cierto, la parte musical ya que aún hoy insiste en rescatar trozos de música de una vieja guitarra. El 16 de setiembre no fue la única coincidencia, pero sí el punto de partida para unir eternamente a los amigos del alma.

Tanguito fue cantante, poeta y guitarrista rítmico. Su poesía tuvo una múltiple influencia: la de sus amigos Pippo Lernoud1, Litto Nebbia, Miguel Abuelo y Javier Martínez y la de una lectura desprolija que repartía entre los escritores argentinos Roberto Arlt y Julio Cortazar y el poeta francés Charles Boudelaire. Leía a los poetas surrealistas de quienes se inspiró en La Princesa Dorada, rica en imágenes oníricas.

La Princesa Dorada integró un simple de la RCA Víctor con un tema apocalíptico que hablaba de una eventual guerra atómica, El Hombre Restante, cuya autoría la compartió con Javier Martínez.

En el primer simple de Los Náufragos que lleva como canción principal La Leyenda de Xanadú aparece también Tanguito con un tema poco difundido, Sutilmente a Susana.
Susana, déjame ser

como yo soy.

No cambia nada

porque use una camisa

Y una corbata.

Si es gusto mío

o un desafío

o un desafío.
Tal vez, pases con otro

que te diga al oído

esas palabras que nadie

como yo te dirá,

dialogando para siempre

mi amor inadvertido.

Te amaré más que nunca

y jamás lo sabrás.
En este libro aparecen temas de Tanguito que jamás fueron grabados, pero que hasta hoy perduraron en la memoria de sus amigos.

Después de integrar Los Dukes y fugazmente Las Sombras de Nacho Smilari se larga a cantar solo, acompañado por una guitarra, influenciado por la corriente de cantantes de protesta extranjeros liderada por Bob Dylan y Donovan.

En La Cueva era un verdadero showman; hacía presentaciones cargadas de humor muy fresco. La Cueva, un reducto de jóvenes creativos y a la vez una auténtica bolsa de trabajo, le sirvió para animarse a componer sus temas. Hasta 1963 era un boliche de jazz que se llamaba Pasarotus. Cambió de nombre, La Cueva de Sandro, al año siguiente porque el dueño hizo un acuerdo con el cantante para que éste apareciera como la figura visible.

“Vamos hacer una cueva de rock”, dijo Sandro y así empezaron a caer los rockeros del país.

Lo más conocido de Tanguito es ese frustrado long play que grabó en 1970 en los estudios TNT de la calle Moreno. Ese disco, en realidad es un demo. Es decir, es la grabación previa a la cinta definitiva, pero su repentina muerte lo dejó como única copia. En esa grabación que se realizó en un solo día y en el estudio número 1 Tanguito estuvo acompañado por Javier Martínez, Palomo y el productor Jorge Álvarez. Los temas grabados, fueron lo que realmente quería Tanguito, aunque faltó la selección final, quedando fijados en el demo sólo la voz y la guitarra criolla. En el disco iba a estar acompañado por un seleccionado de cueveros, integrado en los distintos temas por Bernardo Baraj, Ciro, Moro, Ricardo Lew, Javier Martínez, Alejandro Medina, Adalberto Cevasco, Rocky Rodríguez y Willy Verdaguer.

Las fuentes musicales de Tanguito se hallan unidas a los mismos orígenes del rock nacional que estaban ligado al rock mexicano y cuyos mayores exponentes eras Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo y Los Hooligans. Estos grupos venían los fines de año y durante las vacaciones de invierno a participar de los grandes programas que a mediados de la década del ´60 producían la radio y la televisión argentina. Simultáneamente, en nuestro país estaba de moda el Club del Clan.

“Lo importante de los mexicanos es que nos hicieron conocer el rock en español con versiones muy bien hechas de los éxitos de Elvis Presley y Jerry Lee Lewis”, dijo Javier Martínez, líder de Manal.

Los rockeros mexicanos formaron un gran movimiento que los convirtió en los pioneros del rock en español en Hispanoamérica. Sus persistentes viajes a la Argentina dieron el impulso para la formación de los primeros grupos locales, destacándose Sandro y los de Fuego, Jackie y Los Ciclones, Los Thamys, Los Picks Ups y Los Wonderful.

Al margen de esta corriente estaban Los Búhos y Los Abuelos de la Nada2 que también cantaban en castellano, pero componían sus propios temas.

Mas tarde, surge en Gran Bretaña el rock inglés encabezado por Los Beatles, quienes salen con composiciones propias, revolucionando la música del mundo. En nuestro país sirvió como detonante para decidir definitivamente a los músicos a crear sus propias canciones.

“La diferencia con los mexicanos es que nosotros dimos el paso audaz de componer y llegar a formar un repertorio que hablara de los temas argentinos. O sea, acriollar un género con temática propia, hablando de la geografía y los problemas del lugar. Ellos no se animaron”, explicó Martínez.

El primer gran éxito del rock nacional fue La Balsa de Litto Nebbia y Tanguito. Coexistía con Rebelde3 de Los Beatniks, que era un tema más fuerte y contestatario para la época, pero que no trascendió comercialmente.



Rebelde me llama la gente,

rebelde es mi corazón,

soy libre y quieren hacerme

esclavo de una tradición.
Todo se hace por interés

pues este mundo está al revés

sí, todo hay que cambiar,

siendo rebelde se puede empezar.
¿Por qué el hombre quiere luchar

aproximando la guerra nuclear?

Cambien las armas por el amor

¡Y haremos un mundo mejor!

Este grupo estuvo formado por Moris y Pajarito Zaguri, quien años más tarde, cuando formó parte de Los Náufragos, compuso una bella canción que describía los sufrimientos de algunos jóvenes de la década del ´60.


Si supiera esta niña

cuantas veces me escondí

con mi amigo Tango en la plaza

por no tener donde dormir.

Los rockeros argentinos rompieron el molde de la música en nuestro país no sólo por su creatividad sino por la forma en que fueron surgiendo. Ellos ganaron su espacio a fuerza de talento y llegando en forma directa, no como un producto inventado en un laboratorio que luego es tirado a la gente para su consumo. Popularizaron su temática en los recitales del centro porteño y en los shows de los fines de semana en el Gran Buenos Aires.

A veces al final de su naufragio, Tango tirado con su guitarra en la boca del subte cantaba provocativamente esta canción de Los Beatniks a los madrugadores porteños que se dirigían a las oficinas.
Ciudadano tenga fe

que lo vamos a ayudar

no se pudo afeitar

la Olivetti lo espera.

Las canciones

de Tanguito

Plaza Francia (Inédita)

Sutilmente a Susana

Los días de la semana (I)

El hombre restante (Co-autor Javier Martínez)

La historia de Billy el náufrago (I)

La balsa (Co-autor Litto Nebbia)

Susana la cola del diablo (I)

Jinete

La princesa dorada

Despertar en un refugio atómico

Natural

La balada de Ramsés VII

Amor de primavera (Co-autor Hernán Pujó)

Diamante de Espuma

Y 13 temas más sin títulos

I
- Las tres de la tarde y otro micro más que no me deja concentrar. Pero la puta que los parió- dijo Alex, hundiendo en la la pared los nudillos de la mano derecha.

Los ruidos de las terminales de A.B.L.O. y Micromar confluían en el interior del bar La Fontana, donde había un pasillo largo y oscuro con un interminable mostrador que dejaba a ambos lados una decena de mesas. Las horas pasaban entre comentarios sobre teatro y las canciones de Los Vétales que ya habían invadido el aire porteño.

A veces tomaba un café con ellos uno de Los Búhos que era del barrio. En breves charlas contaba las novedades de los movimientos musicales y juveniles de Inglaterra y los Estados Unidos.

- Los Beatles son la vanguardia de nuestra generación: cuestionan la hipocresía, los tabúes sexuales y el nacionalismo guerrero. Por ejemplo –decía- en Londres van tipos con el pelo por el culo y a nadie le importa. Ni lo miran siquiera.

En un rincón Juan fumaba impasible, en tanto Alex a su lado se quejaba.

- Estos micros de mierda por qué no se dejarán de joder y me dejan leer tranquilo.

Alex estaba estudiando su propio libreto. A las nueve de la noche tenía que rendir la prueba en la escuela de teatro. Había escrito un pequeño guión en el que los personajes se desdoblaban y uno de ellos pasaba a ser el otro.

- No te matés, si vas a tener que representar una idea con mímica. Nada más – le contestó.

Saliendo de su letargo, el mozo se acercó a la mesa y, tras una frase millones de veces repetida, dijo.


  • ¿Qué se van a servir?

Inesperadamente, y con toda firmeza, Juan respondió.

  • Si paga la casa, un sándwich de jamón crudo y queso. Sin miga y tostado.

Ante la furia del gallego y aprovechando ese segundo que le permitiría cargar los pulmones de aire para putearlo, Juan concluyó.

  • ¡Ah! Y un café con leche y tres terrones de azúcar.

  • Hombre, se nota que no tienen nada que hacer. Bueno, ¿qué van a tomar?

  • Un café con dos pajitas

  • Me parece que están haciendo abuso de la pajita, ustedes. ¡Eh!

En ese instante cayó el salvavidas que les faltaba: Mercedes, la flaca Mercedes, que con su andar alegre recompuso el ambiente lúgubre y aburrido del bar. Sus ojos verdes le hacían creer un poco a Juan. Lo envolvía en una esperanza, luego de haberla perdido cuando concluyó La Nausea de Sartre. Eran esos tiempos en los cuales su lectura giraba inalterablemente entre Nietzche, Camus y Sartre.

Por eso cuando llegaba Mercedes tenía ganas de olvidarse y jugar a no pensar, salir a caminar por la avenida Caseros hasta el parque Lezama. Aprovechar las tardes de invierno frente a la fuente vacía, cubierta de hojas secas.


Tras la ráfaga fugaz y fría abrió los ojos y recibió el amor en sus labios.

  • ¿Qué tal?

  • Hola

  • Llegaste a tiempo, flaca – sentenció Alex.

  • No tenemos un mango, pero sí un hambre de locos.

  • Hoy mi viejo me largó poca guita – dijo Mercedes.

  • A ver cuánto tenés – sonrió Juan, acariciándole el cabello.

  • Tengo una idea – insistió luego de contar unos cuantos pesos – Con esto podemos comprar algo en el almacén y después lo cocinamos en mi casa para los tres. ¿Qué tal?

Salieron del bar dejando atrás la imagen airada del gallego. Sus rostros se notaron más pálidos, bañados en los últimos rayos de sol de la tarde. Mercedes compró Particulares en el quiosco que estaba junto a la recova. Al caminar por Bernardo de Irigoyen hasta el almacén, ubicado casi en la esquina de Brasil, tuvieron que abrirse paso entre la gente agolpada a la puerta de los comercios.

Un cielo gris, ahogado entre ligeras nubes y viejos edificios, le hacía más cercano el infinito. El gentío iba y venía apurado, chocándose entre sí.

En el medio de la calle dos viejitos se habían quedado sin cruzar a tres interrupciones del tránsito.

Aquéllos al cruzar la calle corrieron hasta perderse tras las cortinas de la despensa. Alex se encargó de comprar arroz, un pan de manteca y una Spur Cola4.

En la disquería de al lado, giraba una zamba en la voz de un cantante nuevo. Roberto Rimoldi Fraga5 cantaba así Revuelo de ponchos:
Han fusilado a Dorrego

la Patria está desangrando

por la ambicion del poder

la libertad peligrando
Revuelo de ponchos rojos

pal´lao de la guardia e´Monte

ya viene Juan Manuel

trayendo paz y orden.
Que viva el Restaurador

grita el pueblo, se alboroza

Viva la federación

y don Juan Manuel de Rosas.
San Martín le dio su sable

fundido en la independencia

como el premio a su valor

su patriotismo y nobleza.
Porque serviles inciensos

nunca quemó por su gloria

don Juan Manuel ha quedado

sepultado en nuestra historia.


  • Pero andá a la concha de tu hermana.

  • No, escuchame. ¿Entendiste lo que dijo?- incorporándose al grupo, Claudio, cultor del nacionalismo- lo que pasa es que ustedes sólo escuchan música extranjera. Acá no hay otra cosa. ¿Querés que escucha a Violeta Rivas?

El departamento olía a encierro de varios días y a naftalina. La ventana del comedor daba a otro contrafrente, formando un vacío de hollín.

La cocina asestaba de platos y ollas sin lavar.

Mercedes encendió el piloto del calefón y lavó la vajilla más urgente.



  • ¿Y tú mamá no viene nunca?

  • Se fue a la casa de mis abuelos. Hasta mañana no viene.

  • Esto es un quilombo – sentenció ella.

  • Buenos. ¿Y para qué están las mujeres?- replicó Claudio.

Se sentaron a la mesa. Ella sirvió el arroz con manteca y huevos duros.

Juan, en cambio, quedó de pie junto a la mesa, hojeando la revista Idolos de la Juventud. Empezó a leer en voz alta las declaraciones de George Harrison, mientras giraban los primeros compases del long play.

-“Somos la voz de la juventud, el idioma de la gente nueva, En todo el mundo había miles, millones de jóvenes que querían comunicarse entre sí: un chino con un italiano, un inglés con un chileno, un brasileño con un alemán, un norteamericano con un checoslovaco. Pero había tantos y tan distintos idiomas… The Beatles vinimos a simplificar todo. A pesar de cantar en inglés, hablamos un lenguaje de nueva ola, accesible a todos los públicos. Tú mismo lo dijiste: Beatles es la palabra que revolucionó al siglo veinte”.

La voz de Paul Mc Cartney modulaba el clima.

Juan gesticulaba, rascándose la panza como si tocara una guitarra. Agarró a Mercedes por la cintura, mientras traducía:
¡Socorro! Necesito a alguien

¡Socorro! No a cualquiera

¡Socorro! Sabes que necesito a alguien
Desde el piso, dijo con la voz agitada, luego de terminar de traducir toda la canción:


  • ¿Y bien muchachos?

  • ¿Y bien qué?- contestaron todos.

  • ¿Les gustó?

  • Genial- coincidieron.

  • Buenos, ahora nosotros vamos a dormir la siesta. No hagan quilombo- dijo Juan.

  • Está bien, si nos echás nos vamos.

  • No. Se pueden quedar, lo que quiero es que no hagan ruidos.

  • Si el único que hace quilombo sos vos- contestó Alex.

  • No te enojes. Hacela más fácil.

  • Chau.

  • Chicos, no se vayan- dijo Mercedes sin mucho convencimiento.

Juan no podía quitar su vista de ella, sus puntiagudos pezones resaltaban debajo del pulóver. Su cara estaba enrojecida.

  • ¿Qué pensás hacer?

  • ¿Y vos qué pensás?

  • No te importa cómo me hacés quedar frente a los chicos.

  • Son amigos. Además piensen lo que piensen, no va a ser la primera vez.

  • Sos un cínico.

Una suave llovizna se desprendía como deshilachándose de un cielo moribundo, pronto a transformarse. Una multitud silenciosa corría hacia la estación; Constitución los recogía y los devolvía diariamente. Por la ventana entraba la luz de los carteles, reflejando intermitente los tonos de los cuerpos desnudos. Cada color reflejaba en el rostro de Mercedes imágenes a la que ella ayudaba a expresar, simulando maldad cuando el rojo del cartel se adueñaba de la visión. O la inmediata angelical suavidad amarilla.

Al fondo del placard se veían los ojos azules profundos, la cabellera negra y ondulada y la sonrisa estallando fácilmente en la blancura.

Elvis Presley les observaba indiferente, desde lo alto.



II
Tanguito tenía unos veintidós años de edad y era muy flaco. Se notaba su preocupación en parecer aún más delgado por la vestimenta que usaba. Llevaba puesto una camisa y un pantalón negros que pretendían alargar más su estatura de un metro ochenta.

En su cara, resaltaban los pómulos y el mentón ligeramente marcados. Era morocho y el pelo largo y revuelto le diferenciaban del común de la gente.

Tanguito, quien era excesivamente bromista, había sido el cantante de Los Dukes, una de las últimas bandas que integró.

Sentado en un sillón en La Cueva, le contaba a Javier Martínez las aventuras que había protagonizado con esa agrupación hacía unos meses en la Patagonía.

Muerto de risa, recordaba una presentación en un teatro del sur del país que le obligó a retornar a Buenos Aires antes de tiempo. Sus excentricidades no pegaron bien en el público formal de la provincia de Río Negro que reaccionó desconfiando con un abucheo.

En la Capital Federal sobre la avenida Pueyrredon, casi en la esquina de Juncal, estaba el viejo local de jazz que ahora habían copado los rockeros.

La Cueva estaba unos tres escalones debajo del nivel de la acera. En realidad, era como un estrecho pasillo de un edificio antiguo de donde salía un fuerte olor a humedad. En el lugar bailaban y saltaban infinidad de extraños personajes.

Había un cuarteto estable integrado por Fernando Bermudez, en la batería; Adalberto Cevasco, en el bajo; Ricardo Lew, en la primera guitarra y Tony el OVNI, según el mote elegido por el baterista para definir a su compañero, en la guitarra rítmica y la voz.

Desde las 22 a las 4 de la mañana pasaban por el lugar Javier Martínez, Moris, Pajarito Zaguri, LItto Nebbia, Oscar Moro, Billy Bond, Nacho Smilari, Los Shakers y el negro Rada, entre otros. Los habitúes eran básicamente los artistas que comenzaban a componer en castellano el viejo rock and roll, aunque algunas bandas como la de los uruguayos Shakers que compartían el espíritu innovador de La Cueva cantaban en inglés.

Inesperadamente, Tanguito dejó hablando solo a Javier y de la misma manera reapareció sobre el escenario, pero con una malla de baile negra. Se había colocado en la cabeza una también negra media de mujer. En una mano traía un balde al que le había hecho dos agujeros. Se lo puso en la cabeza y, tras la sorpresa y risa de los rockeros, logró un cerrado silencio que permitió escuchar la seria voz de Tanguito.



  • Soy el hombre de la máscara de hierro.

El público estalló nuevamente en una risa casi interminable que sólo alcanzó el fin diez minutos después cuando Tanguito cantó La historia de Billy el náufrago.
Esta es la historia

de un muchacho que no tuvo hogar.

Vaga por el mundo triste,

soñando encontrar

alguien que le de su amor

que lo quiera amar,

será porque esta vez

quiere olvidar.
En el segundo tema, Perro Feroz, se sacó de la cabeza el balde y la media.

A la versión de Elvis Presley le hacía subir cada vez más un tono. Al rato subía medio tono más hasta que la voz se había convertido en un hilo. Ante la sorpresa de todos y cuando la voz ya ni se escuchaba, se subió a la silla.

Desde lo alto, y ahora con el rostro inmóvil, alzó una mano lentamente como subiendo un tono más.

III
Alex, con un traje de alpahaca impecable, estaba parado en la esquina de Lavalle y Carlos Pelegrini, fumando un cigarrillo que se hacía más largo aún en su unión con la boquilla.

Sus ojos profundos se clavaban en las miradas femeninas, tratando de atrapar un alma solitaria. Los rasgos marcados resaltaban su cutis suave, el pelo negro aprisionado por una furiosa engominada, peinado hacia atrás, y el elegante porte lo hacían sentirse dueño del mundo.

Sábado por la noche: Lavalle se abalanzaba bajo una muchedumbre que se desplazaba como zombies, sin un lugar aparente dónde ir. Pero las funciones cinematográficas determinaban ese fluir, intenso en los finales de películas.

Las once y cuarto, Alex tiró el pucho al piso y lo aplastó con el taco. Sintió frío y comenzó a caminar de una vereda a la otra; al ver un teléfono público se le ocurrió llamarlos, pero en ese instante descubrió la figura de Loquillo y sus cuatro amigos cruzar 9 de Julio.

Todos se detuvieron frente a la vidriera iluminada, de una casa de artículos electrodomésticos.

Loquillo llevaba el cabello revuelto y una brillante campera de nylon verde. Bajo su nariz tenía unos incipientes vellos claros que le hacían las veces de bigote. Contaba apenas dieciséis años este nieto de inmigrantes polacos.

Loquillo miró a Alex y en sus ansias de líder se descubrió rápidamente la campera: enroscada a su cuerpo, y tapando tímidamente una inmensa cruz esvástica, colgaba una gruesa cadena.


  • Hola.

  • ¿Qué tal?

  • Estos son mis amigos – presentándolos uno a uno.

Cubriendo la mitad de la calle caminaban provocativamente hacia el Bajo. En la esquina de Maipú se detuvieron.

  • Vayamos en dos grupos – dijo Loquillo. – Alex y Julio vengan conmigo. Ustedes vayan atrás.

  • Quisiera tener una moto y pasar a doscientos kilómetros por acá, haciendo mierda a esta gentuza horrible – amenazó Julio.

  • Mirá esa parejita. Que cara de pajero tiene el gil ese. Seguro que la acompaña hasta la casa y lo único que hizo en el cine es ponerle el dedito por debajo de la bombacha –dijo Ricardo.

  • Y para colmo tienen pinta de judío – agregó Aníbal.

  • Bueno, basta de pelotudeces y empecemos a practicar –definió Alex.

Loquillo empezó a agitar sus cabellos revueltos ante los ojos sorprendidos de los paseantes.

Julio y Alex se mezclaron, empujando, entre la muchedumbre apiñada. Julio se adelantó sorpresivamente. Loquillo detuvo a Alex del brazo y le dio a aquél su aprobación con la mirada. Un cincuentón venía leyendo distraídamente el diario. Julio, con una rapidez felina, se le acercó y le aplicó un feroz puñetazo en la boca del estómago. EL hombre comenzó a caer. De un salto, Alex, lo agarró de la cintura y le dijo muy compungido.

- ¿Qué le pasa, señor? ¿Se siente mal?

El hombre siguió cayendo. Algunos curiosos, tras detener su marcha, miraban a las dos personas agarradas nerviosamente entre sí. EL hombre levantó con dificultad su mirada, tratando de verle la cara a Alex, pero el dolor intenso lo venció.

La gente formaba un círculo cada vez más grande, desde donde fluían los más variados tipos de preguntas.

Alex respondía, cínicamente.



  • Este señor se descompuso. Ayúdennos, por favor.

Finalmente le pasó “el accidentado” a sus compañeros que le esperaban en la avenida Leandro N. Alem, en el Bajo.

-¡Oh, estoy tan en curda..! – tartamudeaba Sergio, tirado en el pasto junto a un vagón de carga, mientras colmaba su vista un imponente barco italiano.

Una clara noche protegía el puerto de Buenos Aires. Los muchachos tomaban infatigablemente alcohol de unas petacas de cogñac.

Loquillo, por su cuenta, comenzó a pintar con tiza blanca una casilla que estaba a unos cincuenta metros del grupo. Más tarde, una inmensa esvástica denunciaba un presunto refugio nazi a lo lejos.

Sobre la conclusión de su obra, Loquillo se alejó un poco para cargar violentamente contra ella, golpeándola en el techo con un palo.

El ruido despertó la atención de sus compañeros, a la vez que del interior de la casilla un fornido morochón cargado de un inmenso cuchillo se avalanzó hacia Loquillo, quien aprovechando la cojera del sereno pudo correr hasta reunirse con sus amigos.

Cambiando un poco la visión que tenían de la noche, vieron que el cielo ya no estaba en su lugar: los barcos desenvolvían, al fin, sus viejas ambiciones de recorrer la tierra; los vagones se alejaban como en busca de una playa próxima.

A pesar de este repentino cambio, el sereno persistía vociferando un lenguaje inentendible. Con un cuchillo en una mano y agazapado como un felino, estaba en acecho de su presa. Pero ya no existía una solo presa. Eran cinco girando permanentemente, abriéndose las camperas y los chalecos.

Las cadenas comenzaron a sentirse en los adoquines: se escuchaba el crujir más intenso cada vez, chocando con el silencio y la claridad de la noche.

“Coca Cola refresca mejor”, amenazaba intermitente un cartel luminoso sobre una torre de Retiro.

“Usted no es feliz porque no tiene su Citroen 2CV”, lucía amarillento otro cartel más alejado.

Los ojos atónitos del sereno reflejaban el temor de un gato acorralado. Este buscaba cubrirse la espalda contra la pared de la casilla cuando a lo lejos vio tres figuras humanas. Eran tres asiáticos de unos diecisiete años, quienes sorprendieron por la espalda a los adolescentes porteños.

Dando saltos y gritos y cambiando posiciones de artes marciales, el extraño idioma se hacía más lejano aún. La eventual pelea estaba más pareja: de una fría y clara noche de invierno pasó a ser un verano violento. Todos gritaban, pero nadie “tiraba la primera piedra”.

Alex y Loquillo emergieron conscientes. Se enroscaron las cadenas en las manos derechas e increparon a dos asiáticos. Estos retrocedieron un metro y armónicamente volaron con las piernas hacia delante, al mejor estilo sipalki-do6. Suspendidos en el aire quedaron atrapados en las cadenas, cayendo violentamente, el asiático más corpulento, con la cabeza sobre los adoquines. El otro cayó de espalda. De inmediato Aníbal empezó a castigar sin piedad a los dos asiáticos indefensos.

Julio, Sergio y Ricardo perseguían con palos y cadenas al sereno y al otro asiático que corrían desesperadamente, escondiéndose detrás de los vagones.

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