Santa teresa de los andes




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P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

SANTA TERESA DE LOS ANDES


LIMA – PERÚ
SANTA TERESA DE LOS ANDES

Nihil Obstat

Padre Ricardo Rebolleda

Vicario Provincial del Perú

Agustino Recoleto

Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Cajamarca (Perú)

LIMA – PERÚ

ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: VIDA FAMILIAR

Sus padres

Sus primeros años.

Primera comunión.

Después de su primera comunión.

Al colegio.

Excursiones.

Los pobres.

Ansias de santidad.

Víctima de amor.

Sueños de infinito.

Su vocación.

Dudas sobre su vocación de carmelita.

Visita al monasterio.

Pide permiso a su padre.

Despedida familiar.


SEGUNDA PARTE: VIDA RELIGIOSA

Entrada al convento.

Sus primeros años en el convento.

Toma de hábito.

Noviciado.

Feliz de ser carmelita.

Su oración.

Amor a Jesús.

Amor a María.

Sus devociones.

El demonio.

Dones sobrenaturales.

Su muerte.

Su Diario.


TERCERA PARTE: SU GLORIFICACIÓN

Milagros después de su muerte.

Monasterio de Los Andes.

Beatificación y canonización.



CRONOLOGÍA

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN
La vida de santa Teresa de los Andes es una vida fresca y hermosa como ella, que murió a los 19 años en plena juventud. Ella desde niña sintió un deseo muy grande de amar a Dios. Después de su primera comunión este deseo se fue aumentando, ya que Jesús le hablaba y le enseñaba a vivir una vida de entrega total.
Juanita, como la llamaban en casa, era de familia rica y tuvo todas las comodidades deseables, pero ella desde niña no quiso lucirse con vestidos o joyas, sino más bien se preocupaba de ayudar a los demás, especialmente dando catecismo a los niños pobres y curando a los enfermos. En su casa era el ángel de la familia, que alegraba a todos con su amor y sonrisa. También tenía sus defectos que, poco a poco, fue superando con la gracia de Dios.
Su vida es una vida de superación y santificación personal. Dios la escogió como una bella flor de su jardín y Jesús se enamoró de ella desde niña, concediéndole gracias y carismas extraordinarios. A los 18 años entró de religiosa en el Carmelo de Los Andes y Dios la preparó en pocos meses para llevársela al cielo. Murió como una santa y la Iglesia la ha reconocido como tal.
Que esta santa chilena, hermana y amiga de todos, especialmente de los jóvenes, nos señale el camino para llegar a Dios por medio de una entrega total al servicio de Dios y de los demás. Y que su luz nos guíe por los senderos de la vida para ser santos y felices de corazón.

Nota.- Al citar Diario nos referiremos al Diario y cartas, Ed. Carmelo teresiano, Santiago de Chile, 1993.

Sum hace referencia al Summarium (Sumario) del Proceso canonizationis servae Dei Teresiae a Jesu (de los Andes). Positio super virtutibus, Roma, 1985.

Las notas de Lirio son del libro Un lirio del Carmelo, escrito por sor Gabriela del Niño Jesús, 1926, tercera edición corregida de 1940.



PRIMERA PARTE

VIDA FAMILIAR
SUS PADRES

Su padre se llamaba Miguel Fernández Jaraquemada y su madre Lucía Solar Armstrong de Fernández. Tuvieron siete hijos: Lucía (1894-1968), Miguel (1895-1953), Luis (1898-1984), Juana, que murió a las pocas horas de nacer en 1899; Juanita, nuestra santa (1900-1920), Rebeca (1902-1942) e Ignacio (1910-1976).


Eran de familia rica. El abuelo materno Eulogio Solar poseía la gran hacienda de Chacabuco, que distaba unos 60 kilómetros de Santiago de Chile y que en parte le tocó en herencia a su madre. Eran muy cristianos y en su casa de Santiago tenían un capellán que era Monseñor Aníbal Carvajal. Iban con frecuencia a misa, no sólo los domingos, sino también en días ordinarios. Y rezaban el rosario en casa todos los días, guiados por el abuelo Eulogio, a quien nuestra Juanita lo consideraba un santo. Su padre estaba ausente con frecuencia por atender a los empleados de las haciendas y se fue enfriando un poco en la fe, pero en la casa de Santiago se vivía con mucho fervor.
El padre Artemino Colom era confesor de su madre y visitaba con frecuencia a la familia para animarla en la fe.

SUS PRIMEROS AÑOS
Juanita, nuestra santa, se llamaba Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones. Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900 y fue bautizada el día 15 en la parroquia de Santa Ana por don Baldomero Grossi. Fueron sus padrinos sus tíos Salvador Ruiz Tagle y Rosa Fernández de Ruiz Tagle. A la edad de tres años, cuando la llevaban a misa y llegaba el momento de la comunión, se encendía en deseos de recibir a su Dios; y a los seis años, según sus recuerdos, nuestro Señor tomó posesión entera de su corazón, manifestándole que su camino había de ser el mismo que Él amó y recorrió: el amar y padecer, enseñándole a sufrir en silencio y desahogar sólo en Él su corazón…
Al llegar a los siete años sintió como que le cambiaba el carácter, que de suyo era suave y tímido, experimentando de vez en cuando fuertes ímpetus de ira, lo que venció con ayuda de nuestro Señor y de la santísima Virgen, que, como ella decía, la tomaron de su mano, sosteniéndola en estos trances. Consiguió pacificar de tal manera su corazón que ya nadie pudo impacientarla, a pesar de que sus hermanos y primos, de propósito, lo procuraban, permaneciendo ella impasible, como si no oyera lo que decían 1.
Con sus cuatro años ya era un alma hermosa, llena de Dios. Un padre joven asuncionista, llegado de Francia, declaró: La conocí en 1904 ó 1905, cuando Juana tenía cuatro años más o menos. Pronto me llamó la atención la precocidad de su espíritu, admirando yo cómo raciocinaba sobre las cosas y cómo manifestaba ya, en esa edad tan tierna, amor y culto hacia ellas. Confieso que entonces comprendí cómo pudiera la santísima Virgen, a los cuatro años tan sólo, consagrarse a Dios en el templo. Si, por ejemplo, yo lavaba los purificadores en el patio adyacente a la capilla, la niña no me dejaba, dirigiéndome encantadoras preguntas sobre el para qué de esos liencecitos, pronta a ofrecerme sus diminutos servicios, como traerme agua caliente, etc. También era admirable ya su deseo del cielo. Recuerdo que un día tomándome de la mano, la niñita me dijo: “Padrecito, vámonos al cielo”. “Bien, hijita, vámonos al cielo”. Y habiendo salido ambos de la casa, le pregunté: “Bueno, Juanita, ¿y por dónde vamos al cielo?”. “Por allá”, contestó señalando con su dedito la andina cordillera que se erguía con su mole gigantesca a nuestro lado por el este. “Está bien, hijita, repuse yo, pero fíjate, cuando hayamos trepado estos altos montes, todavía faltará mucho, muchísimo para alcanzar el cielo. No, hijita, éste no es el camino del cielo. Jesús en el sagrario, es el verdadero camino del cielo”.
Llevábala a la iglesia a veces y gustábame rezar frente al altar, junto a esta niñita angelical; dictábale yo palabras de oración a Jesús sacramentado, que iba repitiendo ingenuamente y que eran como de una ardiente súplica para que el Señor conservara en su exquisita fragancia a esta florecita de inocencia y de amor y que, al mismo tiempo, derramara copiosas bendiciones sobre las primicias de mi ministerio sacerdotal 2.
Ofelia, la empleada que la atendió apenas nacida hasta que entró al convento, la encontró un día arrodillada en su cama cuando aún no tenía cinco años y Juanita le dijo que había estado con ella el Sagrado Corazón y le había dicho que tenía que ser carmelita y que moriría a los 20 años 3.
Ya desde muy pequeñita sentía ansias de amar a Dios. Su nana, Ofelia Miranda, a quien ella llamaba mamita, nos dice: Cuando era muy pequeñita no podía dormirse si no la hacían rezar y lloraba hasta que no la ayudaban a rezar4.
Cuando tenía 7 años, en 1907, murió su abuelito y la misma Ofelia refiere: Cuando murió su abuelo Eulogio Solar en Santiago, ella estaba en (la hacienda de) Chacabuco y se despertó llorando y diciendo: Mi abuelito Tatacito se ha muerto” 5.
Su hermano Luis Fernández refiere: Juanita dormía con Rebeca en la pieza contigua a la mía. En la mañana temprano llegó Juanita muy azorada y me despierta, diciendo: “Él ya se fue”. “¿Cómo lo sabes?”, le dije yo. Juanita, levantando el índice de la mano, me responde: “No sé, pero alguien me lo ha dicho”, dando a entender que del cielo recibió la noticia 6.
Su madre declaró: Una vez cuando tenía unos siete años, necesitaba tomar una medicina amarga y mi hermana Juana Solar, para que la tomase, le prometió darle una imagen de la santísima Virgen. Juanita la tomó y esa imagen fue su compañera inseparable hasta su ingreso al monasterio. En los viajes la tenía entre las manos 7.
A los siete años hizo su primera confesión con el padre Artemio Colom, que era el confesor de su madre y se preocupaba también de la formación religiosa de los niños.

PRIMERA COMUNIÓN
Tenía tantos deseos de comulgar que deseaba con ansia recibir a Jesús cuanto antes. Sus padres decidieron ante tantas insistencias, que la hiciera en 1910 y comenzó a prepararse con tanto esmero durante un año que lloraba de ganas de recibir a su Señor, pensando que tardaba mucho. Ella decía que la santísima Virgen le ayudaba a limpiar su alma de toda imperfección. Y hacía sacrificios, que iba anotando en un cuaderno, que ahora se encuentra en el convento de Los Andes.
En el retiro de su primera comunión pidió permiso a su madre para no ir al comedor con todos para estar más recogida. La vigilia de su primera comunión el padre Mateo Crawley (famoso misionero de la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en las familias) consagró la casa al Sagrado Corazón. Ella no estaba, porque se preparaba en el colegio para su primera comunión y su madre le pidió el padre Mateo que la consagrara a ella al Corazón de Jesús.
En la tarde precedente a su primera comunión pidió perdón a todos en casa. No se preocupó de las cosas referentes a su persona, dejando a los demás las cosas exteriores, preocupada solamente de su primera comunión, que recibió de Monseñor Ramón Ángel Jara, obispo de La Serena.
Vio llegar el día feliz, en que debía unirse a su Dios: día, como ella decía, sin nubes, y en el que tuvo la inmensa dicha de oír, por vez primera, la voz de Jesús, que inundó su alma de amor, de paz y de dulzura que no son para expresar. Le pidió una y mil veces a Jesús que se la llevara… El día de su primera comunión fue el del Dulce nombre de María, 11 de septiembre de 1910… Su devoción a la santísima Virgen iba en aumento. Con gran confianza le contaba sus penas y sus goces, y en una ocasión en que le pedía la conversión de un pecador, Ella le contestó, dejándole oír su voz; desde entonces hablaba con la santísima Virgen como una hija con su madre, contestándole Ella todas sus preguntas, confirmando los sucesos la veracidad de esta gracia 8.
A partir de su primera comunión quería comulgar todos los días y siempre que podía se acercaba a comulgar sin dejar un solo día, tanto era su amor a Jesús Eucaristía. A los pocos meses, con sus diez años, después de estar dos meses de preparación como externa en el colegio del Sagrado Corazón, recibió el sacramento de la confirmación.

DESPUÉS DE SU PRIMERA COMUNIÓN
Hubo un cambio manifiesto en la vida de Juanita después de su primera comunión. Desde pequeña era muy susceptible e irascible, pero después se corrigió mucho y solía vencerse 9. Por supuesto que no era perfecta, pero conseguía muchas victorias sobre su genio, porque lo hacía por amor a Jesús.
Ella misma escribió: Quiero dejar escrito un acontecimiento que me sucedió, que aunque pequeño, me sirvió para humillarme. Estábamos en instrucción cuando una abeja u otro bicho más grande se acercó a mí. Sin saber cómo di un salto y arranqué para afuera de la sala; pero después me dio vergüenza de no haberme sabido vencer, pero en fin ofrecí la humillación a Dios y entré. Entonces la M. Izquierdo me miró tan fija y profundamente que hubiera querido que me tragara la tierra, como recordándome mi poca vigilancia sobre mis inclinaciones. Oh, cuán pequeña y miserable me vi. Estaba sola. Jesús me dejó y yo, sin Jesús, ¿qué soy sino miseria? Después le fui a pedir perdón a la Madre. Confieso que me costó; pero me dirigí a mi Madre y Ella, como siempre, me ayudó. La M. Izquierdo me dijo: “Bueno”, inmediatamente. Creo que hubiera preferido que me hubiera reprendido. Entonces me acordé de Jesús, y de su misericordia cuando miró a Pedro y lo enterneció con su mirada. Doy gracias a Dios de este acontecimiento, pues no lo ofendí, mas sirvió para humillarme 10.
Nos vinimos del pensionado y al poco tiempo nos fuimos a Chacabuco, que mi papá había arrendado. Pero yo no podía subir a caballo, lo que me causaba un sacrificio muy grande; pues no hay nada que me guste más que el caballo. Lo pasamos muy bien. Hubo misiones. Tuvimos misa seguido y me sentía muy feliz.
Para mayor humillación contaré una rabieta que tuve, que fue tan grande que parecía que estaba loca. La causa de ella fue que mi hermana y mi prima que estaba con nosotros no se quisieron bañar juntas con nosotras, porque éramos muy chicas. Me disgustó que me dijeran chica y no quería irme a bañar, pero me obligaron. Cuando ya nos estábamos vistiendo, llegaron las chiquillas a apurarnos, pero les contesté que no me vestía hasta que se fueran. Pero ellas no quisieron irse, y mi mamá me dijo que me vistiera. Yo, taimada, no quise. Me pegó mi mamá y fue todo inútil. Yo lloraba y era tanta la rabia que tenía, que quería tirarme al baño. Mi mamita me principió a vestir, pero yo seguía rabiando. Cuando estuve lista, me arrepentí de lo que había hecho y le fui a pedir perdón a mi mamá, que tenía mucha pena de verme así y decía que se venía a Santiago para no estar con una chiquilla tan rabiosa; pero ella no me quiso perdonar, con lo que yo lloraba inconsolable. Me echó de su pieza y yo me fui a esconder para llorar libremente. Llegó la hora de tomar onces y no quería ir hasta que me obligaron; pero yo estaba avergonzada y no quería mirar a nadie, pues había dado muy mal ejemplo. No sé cuántas veces pedí perdón, hasta que en la noche, mi mamá me dijo que vería cómo era mi conducta en adelante.
Yo creo que de este pecado he tenido contrición perfecta, pues lo he llorado no sé cuántas veces. Y cada vez que me acuerdo, me apeno de haber sido tan ingrata con nuestro Señor 11.
Trató siempre de evitar al máximo cualquier pecado pequeño, pero especialmente los pecados más grandes. Dice al respecto su amiga Josefina Salas: Me invitaba a rezar y lo hacíamos juntas todos los días con esta breve oración: “Señor, envíame la muerte antes que cometer un pecado mortal” 12.
Su hermano Luis Fernández nos dice: Después de su primera comunión, se notó un cambio en la conducta de Juanita que hasta entonces había dejado entrever algunos defectillos: carácter un tanto iracundo y le costaba obedecer. El contacto diario con el Señor en la comunión la transformó. Su carácter se tornó suave y servicial. Fue obediente y dócil de tal modo que nos llamaba la atención a todos sus hermanos y nos servía de ejemplo 13.
Y añade: En las mañanas tocaba el armonium en sordina y cantaba con voz profunda: “Me gusta saludarlo, cantando”, me decía 14. Cada puntada de la aguja es un acto de amor a Dios 15. Quiero que mis acciones, mis deseos y mis pensamientos lleven el sello: “Soy de Jesús” 16.
Ella era la alegría de la familia. Dice su hermano Luis: Cuidaba de nosotros cuando estábamos enfermos: lo primero que se nos ocurría al enfermarnos era llamar a la Juanita para que nos atendiera. Se iba al tercer patio a cuidar a la empleada que estuviera mal de salud. Era dócil y sumisa con la mamá, exigente y autoritaria; obedecía a las empleadas antiguas, especialmente a la mamá Ofelia. Por último, la laboriosidad de Juanita era ejemplar, nunca la vi ociosa. Era el ángel del hogar con su gracia y alegría 17.
Francisco Javier Domínguez, su primo, refiere: Nosotros, parientes y consanguíneos de Juanita, teníamos la opinión en forma unánime que constituía la joya más valiosa del hogar 18.
Para dirigir su alma tuvo varios confesores en Santiago, dos jesuitas (Artemio Colom y Antonio Falgueras), dos claretianos (Julián Cea y José Blanch) y más tarde del padre Avertano, carmelita descalzo.

AL COLEGIO
Ofelia Miranda, su mamita, la empleada mayor de la casa, manifiesta: No tenía ni siete años y su madre la puso en el colegio de las religiosas teresianas. Juanita notó que alguna niña iba poco modestamente vestida y se lo contó a su madre. La señora Lucía se lo dijo a la directora para que tuviera cuidado, pero la directora castigó a Juanita por decírselo a su madre. Y la madre la sacó del colegio donde sólo estuvo tres o cuatro meses y la puso de externa en el colegio del Sagrado Corazón 19.
En el colegio del Sagrado Corazón estuvo de externa junto con su hermana Rebeca de 1907 a 1915; y como interna solamente ocho meses antes de entrar en el Carmelo de Los Andes. El colegio lo llevaban las Madres del Sagrado Corazón, fundadas en 1800 por santa Magdalena Sofía Barat. Habían llegado a Santiago en 1854. Las religiosas inculcaban mucho a las alumnas la devoción al Corazón de Jesús y a la Virgen María, bajo el título de Mater admirabilis (Madre admirable). El día más grande del colegio era el 20 de octubre, fiesta de María Mater admirabilis. Ese día había largos recreos y Juanita se complacía en arreglar las flores de la imagen de la patrona de las alumnas 20.
Sor Ana Rücker, una de sus compañeras de entonces, dice que el mes de mayo lo celebraba con gran fervor en honor de la Virgen María. Las compañeras la llamábamos “mater admirabilis” por la perfección con que hacía todas sus cosas 21.
Físicamente era de porte distinguido, más bien alta. De gran belleza física, muy amable y muy fina de modales 22. Su hermano Luis recalca: Era extremadamente atrayente. Su modo de expresarse muy dulce. Era castaño oscura, cabeza pequeña y bastante bien conformada. Voz muy agradable y en su mirada parecía que veía algo y en lo interior de su mirada había mucha firmeza... Era alegre y parecía estar siempre contenta 23.
Como colegiala, recuerda sor Ana Rücker, era maravillosa en el cumplimiento del deber. Yo la veía en los recreos la primera en jugar, alegre y amable. En las horas de silencio nadie le sacaba una palabra. Esto lo presencié en los dos años que estuve con ella en el externado. En la capilla llamaba la atención por su piedad, parecía un ángel, estaba perdida en Dios, siempre arrodillada 24.
Y añade: Era de inteligencia común, nada de sobresaliente. Los premios que se sacaba eran debido a sus esfuerzos más que a su cabeza. Premio de conducta se sacaba todos los años. También obtuvo distinciones en literatura y redacción 25.
En el colegio supo ganarse la confianza de las profesoras. Ganó la “banda azul”, premio de distinción a las mejores alumnas. En lo intelectual y en los estudios era una alumna corriente y normal 26.
Sor Carmen Teresa del niño Jesús aseguraba haberle oído: El estudio de la química lo aborrezco, pero aprendo las lecciones por amor de Dios y por cumplir con mi deber. Le he prometido al Señor sacarme el primer puesto. Y obtuvo el premio 27.

No le gustaba perder tiempo. Sor María Josefina Salas cuenta: Un día fuimos al cine juntas, pero después me dijo: “No iré nunca más”. Y lo cumplió, porque ir al cine era perder el tiempo… Nunca la vi leer una novela. Yo le decía por qué no leía las novelas rosas de aquel tiempo, de un autor Delly, muy en boga. Me respondía que era perder el tiempo 28.


Sor Elena Salas refiere: Según el reglamento interno del colegio, las alumnas debíamos comer todo lo que nos daban y, en caso contrario, seríamos castigadas. En cierta ocasión dieron un postre de arroz, desabrido y gelatinoso. Las internas que formábamos nuestra mesa, lo dejábamos después de haberlo probado, arriesgando un castigo. Juanita, para que no fuésemos castigadas, mostrando su espíritu de sacrificio, se comió cerca de diez platillos de postre 29.
El padre Francisco Lyon recuerda: No usaba joyas, ni siquiera se ponía polvos para el cutis. Sus amigas le decían: “Arréglate un poquito”, pero iba siempre sencilla y pobre en su vestimenta .No gastaba dinero en salir, en paseos, en lujos del mundo, a pesar de ser de familia distinguida y considerada como tal en la sociedad 30.
Sor Elena Salas dice que las religiosas le encomendaron ser vigilante en los recreos, al cuidado de las más pequeñas. Desempeñó bien su oficio, ayudaba a las niñitas, las consolaba cuando lloraban o se ponían tristes, echando de menos a sus familias. Las chicas la querían mucho y la obedecían. También tomó parte, con abnegación y constancia, en la enseñanza del catecismo a los niños que estudiaban en la escuela para gente de escasos recursos, escuela que funcionaba al lado del colegio, internado de señoritas 31.

EXCURSIONES
En su infancia y adolescencia pasaba sus vacaciones en la hacienda de Chacabuco. Era propiedad de su abuelo Eulogio y tenía miles de hectáreas colindantes con Argentina a unos 60 kilómetros al norte de Santiago. Allí había una linda capilla. A la muerte del abuelo, a la mamá de Juanita le tocó una parte del fundo Chacabuco. Con el tiempo la economía familiar fue en declive hasta llegar a vender la parte de este fundo que les pertenecía, y el fundo de Melipillo, herencia del padre. El año 1917 fue un año calamitoso económicamente para la familia que perdió ambos fundos por malos manejos de su padre.
La hacienda de Chacabuco fue vendida y el nuevo dueño, Pascual Balburizza, envió el armónium a Juanita, porque tenía deseo de conservarlo. Todas las mañanas tocaba en sordina melodías para alabar a Dios. Decía: “Necesito alabar a Dios de la mañana a la noche” 32.
Aprovechaba sus dotes de pianista, bastante diestra, para tocar en las raras fiestas a las que asistía y así se libraba de aceptar bailes. Temía que su madre la obligara a salir a paseos o reuniones de sociedad. Sólo le agradaban las excursiones por el campo o playa, durante las vacaciones 33.
El padre Lyon dice: Una manifestación de su piedad fue la preocupación por el decoro del culto de la capilla, al formar un coro con otras señoritas veraneantes, lo que reportó a Juanita muchos sacrificios para reunir jóvenes un tanto inconstantes. Ella misma tocaba el armónium de la capilla. Su actitud fervorosa no se oponía a ser buena compañera, alegre y expansiva 34.
Juanita pasaba las vacaciones en casa de familias amigas que tenían casas en el campo o junto al mar. La familia Lyon Subercaseaux poseía una casa muy grande con una hacienda, llamada Algarrobo, en una localidad junto al mar a 80 kilómetros de Santiago. Allí pasó algunas vacaciones. También pasó alguna temporada en el balneario de Viña del Mar; y en la hacienda de la familia Valdés, llamada Cunaco, a 400 kilómetros de Santiago; y en la hacienda Bucalemu, propiedad de unos primos suyos, a 140 kilómetros de Santiago.
También algún tiempo lo pasó en la hacienda de San Pablo en San Javier de Loncomilla, comprada por su padre en 1918 y distante 400 kilómetros de Santiago.
Juanita, por estar mucho tiempo en el campo, hablaba como los campesinos. Su compañera Elena Salas anota: Le hacíamos bromas y la imitábamos: “La Juana se jue”. Ella al principio, sufría, pero después se reía con nosotras 35.
Sobre sus correrías por las tierras de las haciendas, afirma el padre Francisco Lyon: Tuve ocasión de salir de paseo a caballo con Juanita, integrando el grupo de sus hermanos y amigos. Participé en la alegría espontánea de Juanita, siendo el alma de estas correrías por playas y quebradas del Algarrobo. Era notable amazona. Al caer la tarde iban todos a la bendición del Santísimo y al rezo del santo rosario. Su recogimiento era ejemplar... Gozaba de la belleza de la creación, del océano y de las frescas playas, circundadas del silencio de voces humanas. Estaban llenas del rumor de las olas. Ella elevaba su espíritu a Dios y era muy recatada, sobre todo en los baños de playa que tomaba en el Algarrobo. Su modestia alcanzaba su vida privada, aun ante sus hermanas 36.
En una carta a su hermana Rebeca del 20 de noviembre de 1918, le cuenta sus paseos por la hacienda Cunaco.
Estoy muy yankee. Con la Herminita salimos a hacer largas excursiones de a pie las dos solas. A veces llegamos embarradas hasta los tobillos, pues nos lanzamos por cualquier parte. Nada nos detiene. Vencemos todos los obstáculos; en una palabra, somos muy varoniles. El otro día gocé a caballo. Galopamos con la gordita desde las dos de la tarde hasta las cuatro y media. Como llovía, salimos ambas con grandes mantas, con las que nos veíamos en unas fachas cómicas. ¡Qué reírnos más! Y pensaba entretanto en ti, mi pichita querida, que estarías estudiando o cosiendo apuradísima. Estoy eximia para manejar. El otro día hicimos un paseo al fundo vecino. Salimos como a las 9 y volvimos a las 12. No te imaginas lo que embromo a la Herminia. Pasamos con ataques de risa perennemente.
Ayer pasé un susto colosal. Salimos a andar por los potreros y nuestro punto preferido es un río rodeado de mucha vegetación. Después de pasar una gran acequia haciendo puentes de piedras (las cuales hundía la gordita) llegamos a la orilla donde descansamos un rato. Nos inspiramos con la belleza de la naturaleza, y enseguida nos volvimos, cuando de repente siento un ruido entre el pasto. Miro y veo que he pisado una culebra que estaba con sus culebritas. Grito igual al mío no creo haya salido de la boca de ningún mortal. Yo corría desesperada gritando, hasta que me encontré con don Pepe, que se había asustado muchísimo con los gritos de nosotras, y nos hizo pasar al camino. Me acordé de ti, que seguramente habrías tomado la culebra para enrollártela en el brazo. Puede ser que te lleve, cuando me vaya, lagartijas, pues aquí las pisamos a cada instante. ¿No te gustaría?
Gracias a Dios, hemos tenido constantemente misa y hemos tenido al Santísimo; y como nosotras con la Eli y Gorda somos las sacristanas, hemos pasado ratitos de cielo al lado de N. Señor. Entonces, siempre te tenía muy cerquita y le pedía muchas cosas buenas para ti. Ahora, desgraciadamente se fueron los padres; así es que mañana no podremos comulgar, lo que siento en el alma; pero te ruego lo hagas tú por mí todos estos días 37.
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