El mandamiento mayor




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Estudio Bíblico Dominical

Un apoyo para hacer la Lectio Divina del Evangelio del Domingo


XXX Domingo del Tiempo Ordinario – Domingo 23 de Octubre de 2011
EL MANDAMIENTO MAYOR

Amar íntegramente, desde la unidad del corazón y con calidad

San Mateo 22, 34-40
Oye lo que te dice al caridad por la boca de la Sabiduría:

Hijo, dame tu corazón’…



Sea para mí, y no se pierda para ti”

(San Agustín)

De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas


Oremos:

Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes



y a no mentir para ganarme el aplauso de los débiles.

Si me das fortuna, no me quites la felicidad.

Si me das fuerza, no me quites la razón.

Si me das éxito no me quites la humildad.

Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Enséñame a perdonar, que es lo más grande del fuerte

y a entender que la venganza, es la señal primitiva del débil.

No me dejes inculpar de traición a los demás, por no pensar como yo.

Enséñame a juzgar y a querer a los demás como a mí mismo.
Si yo faltara a la gente, dame valor para disculparme.

Si la gente, faltara conmigo, dame valor para perdonar.

Señor, si yo me olvido de tí, tú no te olvides de mí”. Amén.
(P. Alberto Hurtado)
Introducción

El itinerario seguido por los evangelios dominicales, en el evangelio de Mateo, donde se nos ha pedido que nos comprometamos y que le demos a Dios lo que le pertenece, nos conduce hoy hasta una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que hay que hacer?
Un mandamiento dice qué es lo que Dios quiere que nosotros hagamos. El primero de todos los mandamientos dice lo que fundamentalmente Dios quiere que hagamos. Ese es el sentido de la pregunta del fariseo: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (22,34). En otras palabras: “¿En qué debemos concentrar todas nuestras fuerzas de manera que nuestra vida esté sintonía con el querer Dios? ¿Qué lo que le puede dar sentido a nuestra vida e impulsarla hacia la eternidad?”.



  1. El texto en su contexto


El texto
Leamos el pasaje de Mateo 22,34-40:
34Los fariseos, al enterarse de que [Jesús] había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, 35y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba:

36Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’



37El le dijo:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,



con toda tu alma y con toda tu mente.

38Este es el mayor y el primer mandamiento.

39El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

40De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas’”.
Contexto
Una serie de discusiones habían comenzado los adversarios con Jesús en 21,23, siempre en el ámbito del Templo. Este pasaje corresponde a la tercera polémica de Jesús con sus adversarios, quienes pretendían desprestigiarlo por medio de preguntas difíciles. Es con esa intención que ahora un fariseo, después de haberlo deliberado en grupo, se acerca a Jesús.
Como en el pasaje inmediatamente anterior, la pregunta que se le plantea a Jesús, tiene como punto de partida “la Ley” (ver 22,23-33: la polémica con los saduceos sobre la resurrección, a partir de la norma de Deuteronomio 25,5). Esta vez un fariseo pregunta por el mandamiento “mayor” de la Ley.
En los tiempos de Jesús, el celo por la Ley (además de una cierta manía), había catalogado 613 entre los mandamientos y prohibiciones de la Biblia. De tanto mandamiento la gente resultaba cansada y sedienta de sentido y de orientación para la vida: ¿Será que todos los mandamientos tienen la misma autoridad e importancia, o habría una jerarquía, un orden de importancia entre ellos?
Había muchas respuestas a esta pregunta. Los entendidos en Biblia se perdían en discusiones interminables y estériles, se dividían en escuelas, cada una defendiendo una solución, y nunca llegaban a un acuerdo.
En este pasaje se espera conocer cuál es el punto de vista de Jesús.
Estructura
La estructura del pasaje es simple. Tiene tres partes:
(1) Una breve introducción (22,34).

(2) La pregunta de los adversarios (22,35-36).

(3) La respuesta de Jesús (22,37-40).
El énfasis recae en la respuesta de Jesús. Su sumario de la Ley y los profetas recoge bien lo que él mismo ha hecho y dicho en su ministerio, a partir de la unión de dos mandatos de Dios que se vuelven uno solo.



  1. Profundización

Veamos algunos elementos importantes dentro de este texto, para que luego los meditemos, oremos y contemplemos.




    1. La introducción (22,34)

Un emisario de los fariseos llega donde Jesús. Antes ha habido un complot: “se reunieron en grupo”; se entiende que para planear la pregunta que se le haría a Jesús (22,34).


Quien se acerca a Jesús es un “legista” (término que no está en todas las traducciones), esto es, un maestro de la Ley, un experto en los textos de la Torah y sus aplicaciones a la vida cotidiana de los israelitas.


    1. La pregunta (22,35-36)


Una mala intención de fondo
Llama a Jesús “Maestro”, un título que en boca de los adversarios suena ambiguo, puede ser un reconocimiento o una ironía. Quizás sea más lo segundo, puesto que Mateo nos dice que “le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba” (22,35), es decir, con mala intención. El fariseo espera que Jesús responda de forma equivocada: o que ignore algún tema importante de la Ley o que denigre algunas normas; esto llevaría a Jesús a ponerse en contra de Dios.
El planteamiento
Sigue la pregunta, “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (22,36). La pregunta puede referirse a un mandamiento en particular dentro de toda la lista posible, pero también puede significar: ¿Qué tipo de mandamiento es el mayor en toda la Toráh? Con todo, la cuestión apunta hacia el “primero”, aquél del cual se derivan –como en una jerarquía de valores- todos los demás mandatos del código legal.


    1. La respuesta (22,37-40)

Jesús responde:


Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,

con toda tu alma y con toda tu mente.

Este es el mayor y el primer mandamiento.

El segundo es semejante a éste:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (22,37-39).
El amor a Dios
La primera tarea es amar a Dios con todas las fuerzas que tengamos. Las facultades que aquí se mencionan son:


  1. El corazón: la dimensión volitiva del hombre, su “querer”, sus “decisiones”.

  2. El alma: que en la antropología bíblica es la “fuerza vital”.

  3. La mente: la dimensión intelectiva, nuestra capacidad de representar el mundo.

Con ello se quiere decir que debemos emplear todas nuestras fuerzas, sin excepción, en el amor de Dios. La entrega a él y por él debe ser total, por eso a cada dimensión enunciada se le añade un “todo”.


El amor al prójimo
Jesús agrega: “El segundo (mandamiento) es semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (22,39).
En otras palabras, el amor que tenemos por nosotros mismos es el parámetro del amor que debemos tener por nuestros hermanos.
¿Cómo entender el amor por nosotros mismos? El amor por nosotros mismos no consiste en fuertes sentimientos y emociones, sino en la aceptación de nosotros mismos con todo lo que somos, lo que tenemos, lo que constituye nuestra personalidad, nuestras potencialidades y nuestras limitaciones. Cuando nos aceptamos a nosotros mismos le decimos “sí” al amor de Dios que nos ha creado, a ese amor que toma forma en nuestra persona.
El mandato dice que el amor al prójimo debe ser de la misma naturaleza del amor por nosotros mismos. Esto es, aceptamos al prójimo en su singularidad, lo reconocemos en su existencia como un “otro” amado y creado por Dios. En esta igualdad se reconoce también la singularidad del otro. Por eso el amor al prójimo es también un reconocimiento a la voluntad creadora de Dios y la relación con él un motivo de alabanza a Dios.
Una unificación osada
Jesús junta dos textos del Antiguo Testamento, más específicamente de la Torah:
(1) El de Deuteronomio 6,5, “Amarás al Señor tu Dios…”, y

(2) El de Levítico 19,18 que dice “Amarás al prójimo como a ti mismo”.


Estos dos mandamientos aparecen asociados de manera osada. Cuando Jesús dice que “el segundo es semejante al primero”, está diciendo que a pesar de ser distinto del primero, es igualmente importante y necesario. Recordemos que el primer mandamiento de la Ley de Dios dice “amar a Dios sobre todas las cosas”, pero no por encima de una persona. Resulta así indisociable la dimensión vertical (Dios) de la horizontal (el prójimo). Es como el corazón que tiene dos ventrílocuos, así es el amor cristiano: no puede separar el amor a Dios del amor al prójimo.
El hecho es que Jesús no se limita a señalar uno o dos mandamientos principales entre los demás. Si así fuera, se colocaría en el mismo nivel de pensamiento de sus adversarios. Jesús va más lejos al presentar a Dios y al prójimo como la raíz y la fuente de todo comportamiento ético.
El punto focal desde el cual brota todo el haz de luz de los mandamientos
Sin la perspectiva de fondo planteada por Jesús, la Ley de la Alianza se degrada en legalismo ciego y opresor: “De esos dos mandamientos depende toda la Ley y los Profetas”, concluye Jesús (22,40; como traduce correctamente el Padre Pedro Ortíz en el leccionario colombiano).
El punto entonces nos es la respuesta simplista del que el “amor” es lo más importante, sino ¿qué tipo de amor?
Este es el tipo de amor que Dios quiere de nosotros: el amor total por él y el amor –desde la dinámica interna del reconocimiento de su valor– del prójimo. Así es como nuestra vida alcanza su verdadero sentido, un sentido definitivo e indestructible.



  1. Lancémonos a la meditación del texto en familia

El mensaje de este pasaje lo podemos traducir en un cuento que podemos compartir en familia (nos apoyamos en Teresa y Gilberto).


Una niña de dos años dejó caer su cadenita en la hierba del parque y, mientras lo buscaba, ya se le notaban en su carita nubes de desilusión y de llanto. De repente, su hermanito de siete años, que estaba en el columpio, a pocos metros de distancia, se precipitó al piso, agarró la cadenita ahí en el punto exacto donde estaba escondida en medio de la hierba y se la puso a su hermanita.
Una sonrisa radiante se le notaba al niño. El gesto del hermanito fue un gesto de verdadero amor. Y no solamente porque había tratado a su hermanita con verdadero amor sino porque había obrado “con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente”.
Causalmente el día anterior este niño le había dicho a su abuelita que ella y su hermanito habían nacido “de la misma barriga”, para más señas (los niños saben ser muy exactos!) de la barriga de la mamá.
Uno puede imaginar la conexión que el niño hizo en su cabecita. Lo que le había dicho a la abuela y su gesto aquél día en el parque: él actuó así porque su hermanita era la hija de la misma madre, venían de la misma barriga, “la amó como a sí mismo”.
Efectivamente:
(1) La amó con toda su mente: el niño estaba en su juego, pero en ese momento su atención total se dirigió hacia a ella, tanto es así que se tiró sobre la hierba bien concentrado como si la cadenita fuera a salir corriendo.

(2) La amó con toda su alma, o sea, con el deseo de hacerla feliz, de no dejarla llorar, ya que sus lágrimas le habrían roto el alma.

(3) La amó con todo su corazón, es decir, con la decisión más fuerte de su yo, a partir de un acto de libertad él escogió hacer algo por ella; habría podido ignorar todo y seguir jugando.
Pues bien, Dios quiere que lo tratemos así y no de forma abstracta. Quiere que lo amemos en la persona de los hermanos. El amor hacia los hermanos es “semejante” (o sea, de la misma calidad) al amor hacia Dios y no puede darse uno sin el otro.
Nuestro niño no obró por sentimentalismo, con bonitas declaraciones de amor (de esas que oímos el día del amor y la amistad, y al mes estamos de pelea). No basta decir: “mami yo te quiero mucho”. Precisamente porque obró así con su hermanita, la mamá fue amada y él experimentó la unidad de corazón, alma y mente.
El verdadero amor siempre unifica la vida. No se ama parcialmente. En la oración de Israel el amor debía ser con “todo”:
(1) No sólo la mente, porque nos pide que estemos atentos a él, que tengamos el pensamiento fijo en él (como cuando cantamos: “mi pensamiento eres tu Señor”).

(2) No sólo el alma, porque quiere que aspiremos a él, que lo deseemos como el verdadero sentido de nuestra vida.

(3) No sólo nuestro corazón, porque quiere que lo escojamos con libertad, que lo escojamos, que optemos por Él.
Con esa misma unidad interior debe darse el amor hacia el prójimo. Una acción de amor de este tipo es el sello de una verdadera familia: así es como se tratan los hijos del mismo padre.
Por eso los mandamientos son la alegría de nuestro corazón.



  1. Releamos el evangelio con un Padre de la Iglesia

La caridad está por encima de todo. San Agustín se pregunta: ¿Qué hay de más caro que la caridad?


Bien, hermanos míos, interróguense a sí mismos, toquen la puerta de su interioridad: vean y dense cuenta si tienen alguna caridad, y aumenten lo que encuentren. Estén atentos a un tesoro de estos, de manera que sean ricos por dentro.
Llamamos “caras” a aquellas cosas que tienen un precio elevado, y no es por acaso. Examinen su modo de hablar: ‘Esto es más caro que aquello’. ¿Qué quiere decir ‘más caro’ sino que es más precioso?
Si es caro aquello que es precioso, habrá algo más caro que la propia caridad, mis hermanos? ¿Cuál consideramos que es su precio? ¿Dónde se encuentra su valor? El precio del trigo es tu moneda; el precio del campo, tu plata; el precio de la piedra preciosa, tu oro; ¡el precio de tu caridad eres tú! (…)
Si procuras un campo para comprar, buscas dentro de ti. Si quieres tener caridad, ¡búscate a ti y encuéntrate! ¿Por ventura tienes miedo de darte para no gastarte? Por el contrario: si no te das, te pierdes.
Es tu propia caridad que habla por boca de la sabiduría y que te dice algo para que no te asustes con lo que te fue dicho: Date a ti mismo. Si alguien te quisiera vender un campo, te diría: ‘Dame tu oro’; y quien te quiera vender cualquier otra cosa dirá: “Dame tu moneda, dame tu plata’.
Oye lo que te dice al caridad por la boca de la Sabiduría: ‘Hijo, dame tu corazón’… Sea para mí, y no se pierda para ti”. (San Agustín, Sermón 34,7)



  1. Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

5.1. ¿Quién ha sido capaz de amar a Dios y ofrecerse a él con esa entrega “total”? ¿Deseo hacerlo?


5.2. ¿Mi relación con Dios parte de lo más profundo de mi ser, de mi fuerza vital, o la siento como un peso, como una obligación una rutina? ¿Me mueve hacia él la fuerza del amor?
5.3. ¿Cuál es el parámetro de mis relaciones con los demás? ¿Qué debo hacer?
5.4. ¿Qué implicaciones tiene este evangelio para mi vida familiar, laboral, vecinos, amigos, desconocidos?
5.5. Este es el domingo de las misiones, ¿Qué relación tiene esta enseñanza de Jesús con la evangelización?
P. Fidel Oñoro, cjm
Oremos con el Salmo 18 (17)

Una alabanza de amor al Dios que es mi oasis de paz y seguridad

La liturgia dominical nos invita a orar con el Salmo 18, especialmente los versículos 2-3ª.3-4.47.51ab.

2Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza,

3Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

mi Dios, mi peña en que me amparo,

mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
4Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.
47Viva el Señor, bendita sea mi Roca,

sea ensalzado mi Dios y Salvador.

51Tú diste gran victoria a tu rey,

tuviste misericordia de tu Ungido,

[a David y su linaje para siempre]”.

(Versión del Leccionario colombiano; P. Pedro Ortíz)


Se trata de un Salmo puesto en boca de David, quien le agradece a Dios por haberlo librado de sus enemigos y más exactamente de Saúl (ver el episodio de 2 Samuel 22). De esta manera se nos da el esquema para orar una experiencia de salvación.
El Salmo combina imágenes de solidez y de fuerza (“escudo, roca, fortaleza”), con imágenes de liberación: Dios “fuerza salvadora”, “quedo libre de mis enemigos”, “diste gran victoria…”. En medio del uso de términos fuertes, tomados del mundo militar, se nota también un lenguaje muy tierno. La idea de fondo es que Dios le permite al rey, y en consecuencia al pueblo del cual es responsable, vivir libremente y con espacio para prosperar. Dios es grande, fuerte y digno de toda confianza, en Él hay seguridad y paz.
Detengámonos en los versículos escogidos para hoy, que corresponden exactamente a la introducción y a la conclusión del Salmo.
Una fuerte declaración de amor
El orante entra con una declaración de amor de gran intensidad: “Yo te amo”. El verbo hebreo usado aquí para decir “yo te amo” es una palabra que alude a los sentimientos de una madre por su hijo (“rajam”). Se ama desde lo más profundo, desde las entrañas. Entre el creyente y Dios se intercambian sentimientos tiernos muy fuertes.
Una letanía que hace una alabanza de amor
Al “yo te amo” del comienzo corresponde el “él me ama” que se repite en la lista de los “mi” de la segunda estrofa. La alabanza de amor se expande en una letanía de atributos que trazan la relación viva y misericordiosa de Dios con el hombre.

La letanía que recita diez términos. Al (1) “Yo te amo” le siguen nueve declaraciones con el posesivo “mi”, declaraciones que hacen una alabanza de amor: (2) mi fuerza, (3) mi roca, (4) mi alcázar, (5) mi liberador, (6) mi Dios, (7) mi peñasco, (8) mi escudo, (9) mi fuerza salvadora y (10) mi baluarte.


Fuera del nombre “Dios”, notamos una serie de símbolos de estabilidad y, por lo tanto, de paz y fuerza interior. Dios es alabado como salvador eficaz, como liberador poderoso.
Veamos:
(2) Tú eres “mi fuerza”. El término sugiere firmeza, constancia, vehemencia, y combina en sí un “crescendo” de potencia y una energía inagotable que se constata en lo interior.

(3) Dios es cantado enseguida como “roca”, que evoca un picacho solitario, inaccesible, inmóvil.

(4) Dios es “alcázar”, la parte más alta de las montañas, la cima inaccesible. Se entiende mejor en el mundo militar, como por ejemplo, en Masada: un refugio protegido e inalcanzable por cualquier enemigo.

(5) Dios es “liberador”: el que hace salir salvo de una situación, conservar incólume, por eso Dios es salvador, es que quien extrae a su fiel del hueco del peligro.

Después de decir (6) mi “Dios”, él enseguida es presentado como (7) “peñasco en que amparo”. El “peñasco” es símbolo de estabilidad, en el panorama montañoso y rocoso de Palestina, es refugio y defensa. En la Biblia es un atributo simbólico de la trascendencia divina. “En que me amparo”: el verbo “ampararse” expresa la confianza que se siente cuando se está en un lugar protegido o cuando se puede finalmente llegar, después de una carrera desesperada, a un refugio seguro. Dios es éste oasis de paz y seguridad. He aquí la imagen más fuerte e importante de esta letanía de alabanza de amor.

(8) Dios es “escudo”. Se trata de una imagen tomada del armamento militar que evoca defensa, protección y victoria.

(9) Dios es “fuerza salvadora” (literalmente: “cuerno”; hbr: qeren). Sabemos que el cuerno es signo de potencia taurina en muchas civilizaciones. En el mundo cananeo los cuernos eran el emblema de la divinidad de la fertilidad, pero para el mundo bíblico es signo de la potencia salvífica de Dios.

(10) Dios es “baluarte”. La imagen evoca un lugar alto de defensa, una fortaleza militar invencible.


Todo se resume en una sola idea: en Dios salvador el hombre, a través de su fe, puede apoyarse con firmeza y estabilidad. ¿En quién más se podría apoyar nuestra confianza?
Un grito final de victoria
Los últimos versículos del Salmo (v.47.51ab) entonan una alabanza (técnicamente en este caso: una doxología).
A Dios se le aclama como un rey: “¡Viva Yahvé!” (ver: 1 Reyes 1,31; 2 Reyes 9,13). No es cualquier aclamación: es casi un solemne juramento y una profesión de fe (ver Salmo 5,13).
Se repiten los “mi”: “¡Mi Roca… Sea ensalzado mi Dios y Salvador!”. De esta manera se retoma la letanía inicial: Yahvé es el único y verdadero soberano de Israel de quien depende todo, él es el ser viviente y no un ídolo muerto. ¡Yahvé está vivo!, así se puede constatar porque en actuar en la historia, revelándose como “peñasco” y “salvación” de Israel y de su rey: “¡Bendita sea mi Roca!”.
Lo que Dios ha hecho por el rey, lo ha hecho por el pueblo entero. Por se escucha al final la voz, el “yo” del rey y de la comunidad, que se funden, para proclamar concluida la alabanza con una bella antífona:

Tú diste gran victoria a tu rey,

tuviste misericordia de tu Ungido,

[a David y su linaje para siempre]” (v.51)
Parece tratarse la comunidad de la diáspora, misionera entre los pueblos de la salvación de Yahvé. Esta oración sálmica volverá a escucharse en boca de Pablo, quien la convierte en “una predicción de la conversión de los gentiles” (ver Rm 15,9). También la última línea (que está en la liturgia de este domingo), nos invita a contemplar a Aquel que es el nuevo y perfecto David: el Mesías Jesús, descendiente de David (ver Lc 1,55). Para nosotros los cristianos este Salmo se convierte finalmente en un canto de la victoria de Cristo.

Dios mío, yo te amo



porque tú me das fuerzas!

Tú eres para mí

la roca que me da refugio;

¡Tú me cuidas y me libras!

Me proteges como un escudo,

y me salvas con tu poder.

¡Tú eres mi más alto escondite!
mereces que te alabe porque,

cuando te llamo,

me libras de mis enemigos.
¡Bendito seas, mi Dios,

tú que vives y me proteges!

¡Alabado seas, mi Dios y Salvador!

Tú siempre le das la victoria

al rey que pusiste sobre Israel.

Tú siempre le muestras tu amor”.
(Versión de la Traducción en lenguaje actual, para niños, de las SBU)

(F.O.)


Anexo 1

Para quienes animan la celebración eucarística dominical
I

Si quisiéramos sintetizar lo que Dios nos propone como camino de vida y resumir toda la Biblia en una sola palabra, diríamos: “Amarás”. Afirmar el amor de Dios sin el amor verdadero a toda persona o es una ilusión o es una mentira a Dios.


II

Para los lectores.


Primera lectura (Éxodo 22,20-26). El texto no es difícil de proclamar. Sin embargo, hay que estar atento a algunas palabras: “perjudicar”, “inmigrante”, “explotas”, “cólera”, “usurero”, “devolvérsela”. Las repeticiones de expresiones refuerzan el sentido y deben llevar al lector a darles énfasis.
Segunda lectura (1ª Tesalonicenses 1,5c-10). Como ya dijimos hace una semana, atención con la pronunciación de “Tesalonicenses”. De todas maneras hay que preparar bien la lectura entera poniéndole cuidado a la respiración. Que se note que es una carta. La última frase es larga: a partir de “Todos cuentan…”. Sobre todo no hay que dejar caer la voz en cada cesura o pausa.
(V. P. – F. O.)



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