Dc. Gerardo Bolado Ochoa uned-cantabria En torno a la polémica recepción de Ortega en la España nacional-católica (1939-1961)




Yüklə 335.99 Kb.
səhifə5/6
tarix22.02.2016
ölçüsü335.99 Kb.
1   2   3   4   5   6
sistema minimalista acepta sólo una regla del negador, la de eliminación débil; pero se renuncia a la regla del absurdo como a la introducción del negador. Una variante del sistema minimalista es el sistema de Kolmogorov: A , ┴, ├ ┐ A, en el que no se puede deducir de un absurdo más que la negación de un fórmula, nunca una afirmación. En el sistema intuicionista, por su parte, se reconocen la introducción y la eliminación débil del negador, así como la regla del absurdo, pero no la eliminación fuerte del negador. De esta restricción se desprende que algunas tesis lógicas clásicas o estándar no sean admisibles como tales desde un punto de vista intuicionista, por ejemplo; la tesis del tercero excluido. Así que todo lo deducible en un sistema minimalista es deducible en un sistema intuicionista, pero no al contrario, y todo lo deducible en un sistema intuicionista es deducible en un sistema clásico, pero no al contrario.

94 Veamos la idea de principio del padre Ramírez (Ibidem, 331-335), que no es otra que la escolástica consabida y criticada por Ortega en la Idea de principio en Leibniz: “Estos principios (identidad, contradicción y tercero excluido), y muy particularmente el principio de contradicción, podrán negarse exteriormente de palabra, pero no interiormente de pensamiento ni de juicio; porque son de tal evidencia y necesidad, que se imponen por sí mismos necesariamente al asentimiento. La observación es de Aristóteles, que recoge y comenta con frecuencia Santo Tomás (…)

Pero lo verdaderamente despanpanante es que Ortega esgrima contra la lógica tradicional aristotélica el argumento de que hay verdades ilógicas, porque hay verdades de las cuales se puede demostrar que son indemostrables.

Precisamente Aristóteles echa en cara a algunos filósofos que exigían demostración para todo …que no sabían lógica y que pecaban contra sus reglas fundamentales, por no saber sitinguir entre lo que necesita y lo que no necesita ni es susceptible de demostración.

Y demuestra a continuación que no toda verdad es demostrable, ni necesita ser demostrada, como es la verdad de los primeros principios, especialmente del primero de todos ellos, que es el principio de contradicción. Sería proceder al infinito y, por consiguiente, no habría aún demostración alguna; o cometer un círculo vicioso, al intentar demostrar lo mismo por lo mismo.

Ese primer principio, lo mismo que el de identidad y de tercero excluso, son por sí mismos de evidencia inmediata para toda inteligencia, y, por tanto, más claros, más ciertos y más verdaderos que todas las demostraciones habidas y por haber. Como dice vigorosamente Aristóteles, esos señores buscan la razón de la sinrazón, porque el princpio de la demostración no es una demostración (logon gar zptousin ón oák esti logoj apodeixeòj gar ar+p ouk apodeixij estin). “Id est, interpreta rectamente Santo Tomás- de eo demonstratio esse nos potest”. De los principios evidentes por sí mismos y no por virtud de un término medio no cabe demostración: tpn tón amesñn anapodeikton. (…)

Esos primeros principios son indemostrables, no por defecto, sino por exceso de luz, que salta a los ojos por sí misma, y es mucho mayor que toda la que les pudiera venir por medio de la demostración(…) No son postulados, sino axiomas, que se imponen al intelecto por su propia evidencia. Decir que son demostrables, es negar que son principios primeros y reducirlos a conclusiones.

Lo contrario es propio de hombres rudos e ignorantes, que no saben distinguir entre la luz y las tinieblas, y que piden una candela para ver la luz. “Es propio de un ignorante –escribe el doctor Angélico, comentando a Aristóteles- no sabe de qué cosas se debe buscar una demostración y de cuáles no, porque no todas pueden demostrase. Si todo absolutamente fuera demostrable, una de dos: o se daría un círculo vicioso en las demostraciones, al demostrarse una por otra, y así una misma cosa sería a la vez más conocida y menos conocida que sí misma, o bien se procedería hasta el infinito, lo cual equivale a negar toda demostración, porque nunca llegaríamos al primer princpio de toda demostración.

Es pues evidente que no todas las cosas son demostrables.

Y si alguna no lo es, no puede ser otra que dicho principio”, es decir, el de contradicción, por ser el primero d etodos los principios. (In IV Metaphi. Lect. 6, nº 607).

Realmente, el primer principio del intelecto es su primer juicio o su primera enunciación. Ahora bien, el pirmer juicio del intelecto es aquel cuyos términos son los primeramente aprendidos por él, porque tal es el juicio cuales son sus términos. Y éstos son el ser y el no ser, porque el ser es el objeto propio de intelecto y, por tanto, lo primeramente percibido por él. Por consiguiente, el primer juicio del intelecto es aquel cuyos términos son el ser y el no ser, que es precisamente el principio de contradicción. (…)

Y más brevemente: “lo primero que cae bajo la aprehensión del intelecto es el ente, y su concepto se incluye en todas las demás cosas que concibe mediante el entendimiento. Por consiguiente, el pirmer principio indemostrable es el de contradicción, que se funda precisamente sobre la razón de ente y de no ente. Y sobre dicho principio se fundan todos los demás.” (Tomás de Aquino, ST, I-II, 94, 2c)

Lo único que cabe sobre él es defenderlo contra los que lo niegan o impugnan, reduciéndolos al absurdo, que es negarse a sí mismos, como veíamos anteriormente. Es una demostración ad hominem, que parte de lo dicho o concedido por el adversario, aunque de suyo sea menos cierto y evidente que el mismo principio. (…) “No puede darse una demostración absoluta de dicho principio, escribió Tomás de Aquino, ni de otros similares, pero cabe una demostración relativa al hombre que los niega o que admite alguna otra verdad(…) ” (In I Physi..lec. 3, nº5)

Resulta, pues, de todo lo dicho que esos tres principios no han sufrido quebranto alguno por los ataques de los sofistas antiguos ni modernos, llámense logistas, raciovitalistas, o como quieran, que antes y más propiamente que lógicos, son ontológicos, es decir, principios reguladores de la realidad antes que del pensamiento; y que, lejos de ser ilógico el ser indemostrables, es de lo más inculto, absurdo e irracional el llamarlos demostrables y el intentar o exigir su demostración”.


95 Recojo un subrayado (175-197) mío del epígrafe Ensayo sobre lo que pasó a Aristóteles con los principios, en el que se pone de manifiesto que Ortega ha discutido a fondo el problema de los principios en Aristóteles:

a.ARISTÓTELES SI OFRECE UNA MOSTRACIÓN DEL PRINCIPIO

“Se opondrá a esto que antes de formular el principio –en 1005b14 y ss.- Aristóteles ha anticipado ya la demostración de su verdad, diciendo: “El principio más firme de todos será aquel con respecto al cual es imposible padecer error. Tendrá que ser el mejor conocido, necesario y no-hipotético. Ahora bien; un principio que es necesario aceptar –anankaion ekhein- para comprender cualquier ente, no el hipotético. Y lo que es necesario conocer, para conocer cualquier ente, es necesario que se tenga ya conocido de antemano.”. Estas condiciones reúne el principio de contradicción, ergo…

En estas líneas ilustrísimas todo es sorprendente. En primer lugar, que se pruebe nada menos que el principio de todas las pruebas o conocimientos. En segundo lugar, que se pruebe mostrando que es necesario para probar = conocer todo lo demás. En tercer lugar, que con esta “prueba” no se prueba que es verdad, sino, supererrogativamente, que es la más verdad de todas. En cuarto lugar, que al probarlo no se pretende probar, que su dictum concreto sea verdad, sino que es necesario que lo sea para que haya conocimiento. En quinto lugar, que entonces se le habrá probado como principio del conocer, pero no como lo que se presentó siendo –principio del Ser. Y, por tanto, que no es verdad para el conocer porque lo sea para el Ser, sino, inversamente, que es principium essendi porque queda probado como principium cognoscendi. Pero menos que ninguno puede para Aristóteles ser éste un principium cognoscendi si no es ya antes verdad como principium essendi. En sexto lugar, que toda la prueba pende de que tenga que haber conocimiento, cosa sobre manera problemática.

Añadamos sólo un detalle. El comienzo de esa prueba es un alfilerazo al método de las hipótesis que Platón propugnaba; por eso aparece en ella el casi término anhypothetos que Platón había inventado, tan nada aristotélico, que sólo lo emplea esta única vez.. ..

No vale decir que en esas líneas citadas Aristóteles no prueba el principio de contradicción, porque para Aristóteles probar es cosa muy distinta. En las páginas anteriores hemos visto, en efecto, lo que Aristóteles considera como prueba. Pero aquí no se trata sólo de si Aristóteles creía o no que esas líneas eran lo que el llamaba una prueba, sino de si esas lìneas, opine lo que guste Aristóteles, son o no una prueba. Y no cabe la menor duda de que lo son. (…)

[ARISTÓTELES PRUEBA CONTRA SU CONVICCIÓN Y SIN DARSE CUENTA]

“Lo que esas líneas nos entregan es algo más importante e interesante que si enunciasen una prueba pensada como tal por Aristóteles de modo de deliberado. Ellas nos manifiestan, que, contra toda su voluntad –más aún: en la forma superlativa de la involuntariedad, que no es “no darse cuenta de ello”-, Aristóteles no tiene más remedio que probar el principio. La mayor de la demostración es la definición de principio: principio absoluto es una proposición de verdad, improbable con prueba normal apodíctica, no hipotética, sino necesaria. La menor dice: Hay una proposición –la de no-contradicción- cuya verdad es necesaria para que existan cualesquiera otras verdades. La conclusión suena: Luego, esa proposición es un principio absoluto. Es un silogismo. Que no sea un silogismo apodíctico normal en el sentido aristotélico, no le quita en lo más mínimo su condición silogística.

Pero no basta con hacer ver que un pensador ha hecho algo de lo que no se daba cuenta, es decir, que él no pensaba haber hecho, sino que es preciso mostrar, cómo eso que ha hecho se reflejaba en su pensamiento. Porque haber hecho algo sin darse cuenta, no quiere decir precisamente que haya sido hecho en estado de cloroformización. Aristóteles no se da cuenta de que ha probado el principio de contradicción, porque acción tal era para él ininteligible. Los principios, a su juicio, son lo que no se puede probar. Además, la prueba que ha ejecutado no es lo que él solía ver como prueba. Pero se da perfecta cuenta de que ha hecho algo que le anda cerca, y por eso, unos párrafos después -en la línea 1006 a 4- dirá: “Nosotros acabamos de asumir –nyn eiléphamen- como imposible que el ente sea y juntamente no sea, y mediante esto –dià toûto- hemos mostrado –edeíxamen- que es el principio más seguro –bebaiotáte- de todos.” Este es el modo como Aristóteles se representa lo que el mismo acaba de hacer (…)

Dirá que “mediante esta asumpción ha mostrado que es la verdad más firme”. Aristóteles, se da cuenta de que ha andado haciendo algo que es una “como demostración”. En el vocabulario actuante de Aristóteles se distingue entre deíxis, mostración, “hacer ver”, y apódeixis, demostración o prueba. Pero esa distinción practicada, o ejecutada al hablar y escribir no ha sido, que yo sepa, formalizada nunca por Aristóteles de deíxis, que nos permita confrontarla con su definición de apódeixis. Esto indica que deíxis es un vocablo flotante e irresponsable en su decir, que no es, como lo es apódeixis, un término. En los Analíticos primeros se emplea para denominar la prueba que procede de silogismo imperfectos –como lo es el que yo he extraido de aquellas líneas- y la prueba obliqua ad absurdum como la que luego indicaremos. Deíxis significa, por tanto, prueba, y Aristóteles, sin quererlo, nos declara reconocer que “ha probado” el principio de contradicción con prueba directa, aunque imperfecta. Deíxis es una prueba que no acaba de ser prueba, pero que es una prueba; es una prueba también subjuntiva, de quita y pon, elusiva y eludida, pero una prueba. Es la mostración frente a la demostración. El soldado ligero frente al Hoplita. En ese columpiarse, mecerse, y fluctuar del vocablo deíxis, lo que hay, pues, de precisable es que significa la idea de “hacer ver o constar”, “hacer manifiesto”, “hacer caer en la cuenta”, de algo. Por eso, en la Retórica se habla de una “prueba o mostración” –en retórica no hay auténticas pruebas- que consiste en manifestar con gestos –del semblante, de brazos y actitud del torso- un estado de ánimo correspondiente al asunto: tristeza, espanto, alegría. Es lo que Aristóteles llama “e ek ton semeion deixis”, la demostración por señales, la demostración que consiste en una mostración, porque es pura exhibición (…)

[ARGUMENTACIÓN AD HOMINEM A FAVOR EL P. NO CONTRADICCIÓN]

“A esta mostración o “cuasi-prueba” directa del principio de contradicción, sigue la conocida prueba obliqua, redargüitiva o elenquica, que se nos presenta como “prueba contra el otro”, disputatoria y no teorética. Pero en verdad es mero desarrollo de la mostración primera, es decir, de la prueba que he llamado “deducción transcendental”. Consiste el desarrollo en hacer ver que si no se admite el principio, la palabra no tendría significación definida, sino una significación infinita. “Si la palabra no tiene significación una, esto es, única, no significa nada” de puro poder significar todo, con lo cual sería imposible la conversación. (nueva “deducción transcendental”). Todo el mundo diría la verdad y todo el mundo lo erroneo. Serían, pues, indiferentes verdad y error. No cabría el más y el menos de verdad.(…)

[EL PN-C ES VÁLIDO PARA UN MUNDO CONCEPTUAL VIBALENTE]

Lo que había que decir frente a esa magnífica argumentación de Aristóteles sólo puede resultar claro al lector cuando hayamos expuesto brevemente el “modo de pensar” axiomático en las ciencias exactas de la actualidad. Más a fín de ofrecerle un ligero atisvo y alguna orientación, diré aquí lo siguiente: en efecto, si la palabra no tiene significación una, es imposible entenderse, conversar. Ahora bien, acontece que, hablando rigorosamente, ninguna palabra tiene por sí significación una, antes bien, su sentido es flotante, varía constantemente de persona a persona entre las que conversan, y aún dentro de cada una instante tras instante. Esto quiere decir que, hablando rigorosamente, no es posible entenderse. ¿Cómo se compagina aquello con esto? El principio de contradicción no vale para las significaciones que hay: vale sólo para significaciones invariantes que no hay, y, simplemente, postulamos como significaciones ideales o como ideal de significación. Esta postulación se precisa en determinadas condiciones del significar, teniendo a la vista las cuales podamos contruir ciertas significaciones que se aproximan a la invariación. El sistema de esas condiciones constituye la “exactitud” o “modo de hablar rigorosamente”. Pero una de esas condiciones implica que también “hablar rigorosamente” ha de entenderse como aproximado, si bien más aproximado que todo otro hablar. A la luz de esto, la lógica tradicional y casi toda la filosofía del pasado aparecen como invertidas. Se presentan con el propósito de pensar la Realidad; pero resulta que en vez de eso lo que hacían era construir una Realidad; por tanto, engendrar algo ideal mediante definiciones y axiomas, como hoy se construyen espacios de tantas o cuantas dimensiones. Su pensar era utópico, y en vez de conocimiento, era idealizar, forjar desiderata. Tomadas así, son coherentes como las metageometrías. Pero entonces hay que traducir su exposición al método axiomático. Así, en este caso de los libros metafísicos aristotélicos, habría que comenzar: Llamamos Ente a aquello que no da lugar, a la vez y en el mismo sentido, a proposiciones contradictorias. Aquí el principio de contradicción no es una verdad evidente, que vale para todo algo, sino un axioma arbitrario que determina exactamente el comportamiento de un algo. Lo que tiene de exacto es lo que tiene de engendro arbitrario. Claro que el ente engendrado por los axiomas renuncia a ser por sí representante de la Realidad. Lo que puede pasar es que después encontremos algos reales que con alguna aproximación se comportan al modo del Ente axiomático.

[EN ARISTÓTELES NO HAY UN CONCEPTO CLARO DE EVIDENCIA]

Más con todo esto, nos interesa hacer notar que por ninguna aparece la menor indicación de en que consiste esa forma de verdad subitánea, que se quiere reconocer a éste como a los otros primeros principios. No se nos ilustra lo más mínimo sobre en qué consiste, qué aire tiene ese modo de conocer lo conocido per se, per se notum, aunque se sobre entiende lo que los escolásticos expresaran: que los axiomas se conocen “solum per hoc quod eorum termini innotescunt”. (Sto Tomás). Esta fórmula es papaveracea, porque pretende inyectarnos una vez más la virtus dormitiva. Decir que conocemos el principio porque al notificársenos o hacérsenos notorios –esto es, conocidos- los términos, estos emanan de sí la verdad de aquel, es, sobrecomisión de una petitio principii, poner la intransparencia de la magia donde mayor diafanidad sería oportuna. Pero vamos a diferir entrar en el asunto hasta encontrar algo parecido en el propio Leibniz, cuando éste se esfuerza en dar a la fórmula algún buen sentido. Allí será fertil la discusión, porque Leibniz ha hecho un esfuerzo para construir un fundamento a la idea de una verdad que surge por la “simple intelección de los términos”. Pero los escolástico se han contentado con decir eso y con llamarlo “evidencia”. En Aristóteles no existe término correspondiente (…)

[ARISTÓTELES SE ENFADA PORQUE EL P N-C ES UNA CREENCIA]

Lo primero que hace, apenas lo enuncia, es volverse de espaldas a él y ponerse nervioso, casi frenético con unos seres irritantes, reales o imaginarios, que tienen la avilantez de poner en cuestión el principio, de andar hurgando en él, o francamente de no aceptarlo. Aristóteles pierde la mesura, cosa que rarísima vez hace, porque, como he dicho es animal de sangre fría. ¿Cómo?¿Que hay alguién, según se supone, haber hecho Heráclito, que cree que lo real puede a la par ser y no ser, ser tal y no ser tal? ¡Eso lo diría Heráclito –replica Aristóteles-; pero no basta que alguien diga una cosa para que la crea! (la piense con creencia o creditivamente). Esto es, que Aristóteles no se limita a declarar que, a su juicio, Heráclito padecía un error, sino que le acusa de decir lo que no piensa, esto es, que miente. Y llama a los demás que duden de ese principio o reclamen claridades sobre él “incultos” (apaideusia). Y dice que si no lo admiten no pueden ni hablar, que son una hortalizas unos melones –phiton-. ¡Cuan lejos estamos del elusivo y untuoso subjuntivismo ingles, que luego va a adoptar Aristóteles! (…)

Aristóteles se enfada precisamente porque la “evidencia” de su evidente principio de contradicción es sumamente problemática y bastante ilusoria. Comenzar la ontología, mediante la cual vamos a ver si podemos averiguar lo que es lo Real o Ente, decretando que este no puede simultáneamente ser y no ser, ser y no ser tal, es teoréticamente arbitrario. Porque aún no sabemos ni siquiera si con nuestro pensamiento podemos llegar a él. La “evidencia”, aún en el mejor caso, es pasión subjetiva. Había de ser verdad el principio de contradicción para nuestras dicciones, y no garantizaría ello que valga para lo Real. A éste le trae sin cuidado lo que nosotros pensemos de él. Suárez lo dice muy bien: “Nullius rei essentia consistit in aptitudine ut cognoscatur”. A lo mejor, lo Real, consiste en ser ininteligible. Por lo menos, hasta ahora se ha portado con el hombre así. (…)

[UNA COSA ES LA LÓGICA DE LA CONSECUENCIA Y OTRA LA LÓGICA DE LA VERDAD]

Pero dentro de lo intelectual habría que distinguir también los conceptos en cuanto meras “ideas” lógicas, y los conceptos en cuanto pretenden ser nociones; esto es, decirnos lo que las cosas son. La diferencia es enorme. Lo primero nos lleva a una lógica indiferente a los valores “verdad y error”, a una mera “lógica de la consecuencia”, mientras lo segundo nos obliga a elaborar una Lógica de la Verdad.

Podríamos seguir todavía un buen rato inventariando distinciones, cada una de las cuales nombra un “universo” distinto. El principio de contradicción tiene una significación diferente en cada uno de llos y en algunos de ellos no es válido. (….)

[EL P N-C ES UN IDOLA FORI Y UN IDOLA TRIBUS]

“El resultado de nuestros análisis es revelarnos que frente a los primeros principios hay en Aristóteles dos actitudes. Por un lado, llama principio a una proposición provista de una verdad sui generis, distinta de la que poseen las demás proposiciones, cuya verdad proviene de prueba. La proposición que es principio tiene verdad propia, esto es, por sí sola. No necesita ni puede haber verdad que la preceda. El principio es, pues, la proposición verdadera, solitaria e independiente. Su verdad brota de ella misma constantemente, se nos impone, nos invade, se apodera de nosotros. Este carácter es su “evidencia”.

Más, por otro lado, es principio aquella proposición “de donde” se derivan otras. Una proposición solitaria, por muy verdadera que sea, no es principio. Para serlo tiene que incohar un orden de verdades que en ella se fundan. El principio es principio de la demostración, y por tanto, inseparable de las proposiciones que son sus consecuencias. Estas necesitan de él, y él es necesaria para que éstas se constituyan. Este carácter de “necesario para” que hace de una proposición un principio, es ajeno al carácter de evidencia. Si tomamos aisladamente este lado, y suponemos a la proposición que es principio o valor de verdad, nos encontrarmos con que verdad significa aquí cosa muy distinta de evidencia, y también distinta de prueba en sentido aristotélico, pues significará “verdad”. Ser una asumpción de que partimos para deducir de ella un conjunto coherente de otras proposiciones.

Ambos lados aparecen en Aristóteles inseparados, espejándose mutuamente y, cuando contemplamos uno, reverbera en él el otro.(…)

Baste esto para mostrar cómo debemos representarnos el sentido estricto que para Aristóteles tiene el principio de contradicción. Con él, más que hacer patente la efectiva incontradicción de la realidad, se crea o construye una Realidad que no se contradice. Aristóteles es un heredero del logismo heleático; pero en vez de mantenerse rigurosamente adscrito a él, lo mezcla con su antípoda, el sensualismo. Su concepto es más bien una sensación inductivamente generalizada; más es el caso que no se atiene a los caracteres de ésta –su variabilidad, su imprecisión, su valor aproximativo, su ilogicidad, en suma-, sino que pretende conservar los privilegios del concepto puro o exacto. No sólo es bastardo, sino resultado de una hibridación. Sin duda, la intención de Aristóteles era fecundar el logos con toda la riqueza de particularidades que ofrece lo sensible, y esto parece implicar que entre las tendencias de su mentalidad había una opuesta a la tradición helénica: una conciencia de que erra preciso contrarrestar la propensión a confundir: conocer e idealizar. Pero esta inspiración de su individualidad no era ni lo bastante fuerte ni lo bastante clara para dominar la tradición en que él mismo había sido forjado.

La “evidencia” del principio de contradicción, no tiene nada que ver con las exigencias de una teoría pura. Pertenece a los idola fori e idola tribus. Aristóteles creía en él con maciza creencia. De aquí el horror y el odio a los que le ponen reparos o lo niegan o lo condicionan. Es el terror y la furia que siente el australiano cuando alguien toca el churunga, o piedrecilla sagrada a que en su creencia, va unido su destino. Desde tiempo inmemorial está establecido en su tribu creer en eso. El “churunga” es para él el “principio” que no hay que contradecir. No es una teoría inteligible, es una institución tradicional, un modo de la “ciudad” o colectividad en que ha nacido y que desde niño ha visto respetar a todos.(…)



El principio de contradicción no nos parece verdad “evidente” porque lo hayamos evidenciado, porque lo hayamos intuido, “mostrado”, o razonado, sino simplemente porque lo hemos mamado. Esa evidencia más que de la intelección proviene de la lactancia. En la Suma contra gentiles I, c.11, Santo Tomás ha visto este tema con toda claridad: “Ea quibus a pueritia animus inbuitur, ita firmiter tenentur ac si essent naturaliter et per ser nota”.


96 Algunos testimonios: a.
1   2   3   4   5   6


Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©azrefs.org 2016
rəhbərliyinə müraciət

    Ana səhifə