CRÍtica al neomarxista samir amíN




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CRÍTICA AL NEOMARXISTA SAMIR AMÍN


Carta de un lector al GPM:

Leí un documento relacionado con "Inquietud de Alexander Pinazo Carmona que originó el debate". Me interesa, porque de esto no entiendo mucho, ¿Qué es lo que se quiere decir con que Samir Amin es neomarxista?. ¿Es eso algo malo o regular?. Porque siempre me ha gustado lo que escribe ese autor, me parece que ha contribuido a la lucha internacional, pero si hay algo malo en sus teorías me gustaría comprender algo más, gracias.

José, Costa Rica

26-04-07


Respuesta del GPM:

Estimado señor José:

Efectivamente, en el trabajo que usted menciona, que es el que hemos publicado en el mes de febrero titulado “Miscelanea sobre Materialismo Histórico III”, catalogamos, entre otros, a Paul Baran, Samir Amín y Ernest Mandel como “neomarxistas”, es decir, teóricos que hablan y escriben como representantes de un “nuevo” marxismo y se proclaman precursores de una manera “distinta” de entender el -llamado por ellos- marxismo ortodoxo, dogmático o clásico.

Esta corriente de pensamiento surgió a mediados del siglo pasado en centroeuropa, más concretamente en la universidad de Frankfurt, teniendo como figuras más destacadas a Pollock, Horkheimer, Adorno y Marcuse. Esta escuela, al otro lado del charco, estuvo representada fundamentalmente por Paul Baran, profesor en la universidad de Stanford y Paul Sweezi, fundador de la revista Monthly Review. Tanto los europeos como los americanos propugnaron la “Teoría política del atraso”. Teoría que, a grandes rasgos, defiende que los países atrasados de la periferia capitalista no podrán abandonar el vagón de cola del sistema internacional del capitalismo como consecuencia de que en esos estados falta un mercado interno con contenido suficiente como para impulsar, por si mismo, un desarrollo capaz de suprimir ese atraso relativo y, además, porque a esa falta de mercado interior, se le suma la competencia desigual que ejercen los países centro económicos respecto de su periferia, como resultado, fundamentalmente, de una mayor productividad y a que controlan los mecanismos del intercambio internacional. A esta corriente de pensamiento se sumó Samir Amín desde África.

Egipcio de nacimiento, pero graduado en la universidad de París en políticas, estadística y economía. Samir Amín ocupó la dirección del ”Instituto Africano de Desarrollo Económico y Planificación”. En la actualidad, preside el “Foro del Tercer Mundo” asociación de intelectuales de África, Asia y América Latina que se preocupan por encontrar fórmulas de desarrollo para sus respectivos países y, si es posible, conjugándolo con un reparto equitativo de la riqueza.

Samir es un autor prolífico que se ha ocupado de las consecuencias sociales y humanas del desarrollo desigual del capitalismo. Gran parte de lo que este autor ha escrito se apoya en la realidad sangrante que padecen las clases subalternas en la periferia del sistema y, claro está, cuanto más acentuado es el subdesarrollo mayor es la dependencia nacional de los países que lo soportan y peores las condiciones que sufren los explotados allí.

En este caldo de cultivo de la penuria relativa, mayor es el atractivo que suscita la denuncia de autores que, como Samir Amín, critican las dramáticas consecuencias que conlleva el estado de atraso relativo al que se ven sometidas las naciones capitalistas más dependientes, la explotación añadida que supone el intercambio desigual que los países de la cadena imperialista ejercen sobre ellas, y los efectos disolventes que sobre numerosas comunidades indígenas de esos mismos países dependientes provoca la introducción de relaciones capitalistas salvajes.

Hasta aquí, en cuanto a la denuncia de las consecuencias del capitalismo en su periferia subdesarrollada, entendemos que no hay nada que objetar en tanto que son más que evidentes. Pero la cosa cambia cuando se trata de explicar sus causas y proponer las consecuentes alternativas de solución política al problema del desarrollo desigual. Aquí es donde los caminos propuestos por el marxismo ortodoxo y el neomarxismo se bifurcan.

Y es que quienes profesamos el Materialismo Histórico como concepción del mundo y método de análisis de la realidad capitalista, entendemos que para superar el desarrollo desigual y las lacerantes consecuencias sociales y humanas del atraso relativo, hay que atenerse a la dialéctica entre las dos clases universales antagónicas de la sociedad moderna, optando en esa contradicción fundamental por los intereses históricos del proletariado mundial, planteando la lucha en estos términos con el objetivo claro de acabar con las relaciones capitalistas en el Mundo.

Los neomarxistas, en cambio, sostienen que para superar el desarrollo desigual en el Mundo hay que supeditar la dialéctica entre las dos clases universales, a la dialéctica entre la burguesía imperialista y las burguesías nacionales de los países dependientes, proponiendo al proletariado de estos últimos que haga frente común con sus respectivos patronos en su lucha particular por la liberación nacional.

A pesar de que Samir Amín no se encuentre entre los que apoyaron, en su momento, explícitamente al nacionalista burgués Abdel Nasser, sin duda abrevó en el pozo que el nasserismo dejó en África y los países árabes a partir de los años 60 del siglo pasado1, como parte de la llamada “revolución anticolonial” que floreció durante aquél período. Un proyecto antiimperialista pequeñoburgués cimentado al interior de cada país capitalista dependiente, que cristalizó por primera vez tras el VII Congreso stalinista de la IIIª Internacional donde quedó consagrado el Frente Popular como alianza entre las burguesías nacionales y sus respectivas clases obreras para solventar sus conflictos particulares con el capital más desarrollado de las metrópolis imperialistas.

Hoy día Samir debiera saber que la acumulación del capital en los países subdesarrollados, medró hasta convertirse en grande y mediano al amparo de la dramática interrupción del comercio mundial y el consecuente debilitamiento momentáneo de sus vínculos de dependencia con el imperialismo, provocado por la crisis de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial. También debe saber que una vez acabado el período post bélico de reconstrucción y reanudación del proceso de acumulación en Europa y EE.UU. a partir de la primera mitad de la década de los cincuenta, diez años después ese capital cedió finalmente a la irresistible presión del capital imperialista excedentario hasta acabar fusionándose con él, de modo que seguir hablando en esos países de capital nacional, ha pasado a ser el tópico teórico que alienta la actual farsa política —en muchos casos sangrienta— en que se ha convertido la consigna de la “liberación nacional”.

Samir Amín debe saber, pues —y lo sabe—, que los proyectos “populistas” de desarrollo autosostenido del capital nacional periférico carecen de sentido. Pero prefiere abstraerse de esa verdad porque se siente pueblo, esa categoría social a medio camino entre la gran burguesía y el proletariado. Necesita sentirse políticamente ubicado en el justo medio de esa contradicción definida por el vocablo “pueblo”, posición equidistante e “imparcial” a la que se consagra con tanta fuerza como rechaza sus extremos; y es que ambos le horrorizan por igual en tanto que cualquiera de ellos supone su práctica desaparición social:

<(intermedia), por una parte se hace socialista y, por otra, economista; es decir, está deslumbrado por las magnificencias de la alta burguesía y sin embargo con los dolores del pueblo. Es al propio tiempo burgués y pueblo. Se jacta en el fuero interno de su conciencia, de ser imparcial, de haber encontrado el justo equilibrio (…) Semejante pequeñoburgués diviniza la CONTRADICCIÓN, puesto que la contradicción es el núcleo de su ser. Él no es sino la contradicción social en acción. Él debe justificar en la teoría lo que es en la práctica>>. (K. Marx: “Carta a Annenkov” 28/12/1846. Lo entre paréntesis nuestro)

Y la mejor forma que ha encontrado la pequeñoburguesía desde los tiempos de Proudhon de impedir que la contradicción entre burguesía y proletariado se resuelva para poder seguir divinizándola como a la gallina de los huevos de oro, es conseguir que el proletariado se distraiga rindiendo culto a la contradicción entre la grande y la pequeñoburguesía tomando partido por esta última: el Frente Popular. Y como el señor Samir Amín ha querido pasar a la historia, por su originalidad en la industria del entretenimiento político, nos ha propuesto otra alternativa distinta a la tradicional inventada por la ya fenecida IIIª Internacional, aunque de novedosa no tiene nada, porque eso ya lo propuso Simón Bolívar en su tiempo.

Se trata de una alternativa igualmente irrealizable como es la creación de espacios económicos internacionales entre países relativamente atrasados que, en conjunto, puedan conformar mercados más amplios a fin de renegociar la dependencia desde posiciones más favorables con las potencias dominantes que, hasta la fecha, tienen el monopolio de los flujos financieros, el control de la tecnología, las comunicaciones y el acceso privilegiado a los recursos naturales. Su proposición propugna el “idílico” objetivo de salirse de los circuitos capitalistas imperantes —a esto le da el nombre de “desconexión”— y en eso consiste su proposición teoría como fundamento de su fórmula política para presuntamente oponerse a los desastres del capitalismo.

Decimos “idílico” porque mientras no se instaure en estos países un sistema socialista capaz de superar las leyes que rigen en el capitalismo, por mucho que sus residuales burguesías nacionales se alíen entre sí, es del todo imposible romper los vínculos con un capital que opera ya a escala planetaria y porque, además, aun en el hipotético caso de que se formasen bloques de países “desconectados”, tan sólo sería cuestión de tiempo que en estos bloques se volviera a reproducir las mismas condiciones de las que pretendían escapar, porque mientras se mantengan las relaciones de producción capitalista en ellos es imposible evitar que el capital vaya creciendo en la misma medida que se va acumulando y, por tanto, se vaya acrecentando la diferenciación entre poseedores y desposeídos. Es más, nadie podría impedir que dentro de esos bloques económicos cerrados el país con un capital nacional relativamente más desarrollado ejerza un nuevo dominio imperialista sobre sus contrapartes dependientes, o sea, que la proposición consistiría en volver atrás las ruedas de la historia para repetirla como si de una “moviola” se tratara. El propio Samir Amín reconoce en primer lugar que el capital opera ya a escala planetaria y que además, por mucho que se quiera evitar el fenómeno de la polarización, éste forma parte de la misma naturaleza del capital:



<un sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta polarización — es decir, la construcción concomitante de centros dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en cada etapa— es propia del proceso de acumulación del capital operante a escala mundial,>> (Samir Amín: “Geopolítica del imperialismo contemporáneo” el subrayado nuestro )

Samir proclama que desea eliminar la contradicción dialéctica al interior del sistema entre el capital imperialista que por un lado, necesita de la libre circulación de capitales y, por el otro, la resistencia que ofrece el teórico bloque de poder internacional formado por la alianza entre las distintas burguesías nacionales y sus respectivos asalariados.

El ejemplo más claro de esa contradicción dialéctica sería la que se esta dando “ahorita” entre EE..UU y el pretendido bloque llamado ALBA. Pero la cuestión es que esa contradicción está constituida por dos fuerzas antagónicas aunque históricamente conciliables en tanto que comparten la misma esencia social burguesa. Por tanto, el polo dialéctico presuntamente progresivo de esa lucha no puede trascender políticamente al propio sistema económico-social capitalista, causa en sí y por sí irremediable de los males que padece la humanidad.

Como hemos dicho ya, Samir Amín está considerado por sus numerosos acólitos entre los grandes analistas críticos del intercambio capitalista desigual. Al respecto hay que señalar aquí que, entre 1975 y 1986, la idea de la combinación entre desarrollo y subdesarrollo en el Mundo como algo funcional y consustancial a la realidad internacional del capitalismo, fue recurrente en las obras de Amín, donde llegó a considerarla indispensable para la propia existencia del gran capital imperialista —idea que compartió con colegas neomarxistas como Palloix y Laclau—, negando todavía en 1986, incluso que en los países dependientes pudiera cristalizar ”una burguesía nacional de empresarios”.

Amín sigue conservando su prestigio de analista serio y progresista a despecho de que la realidad muestre otra cosa. Porque es un hecho evidente que las manifestaciones económicas y políticas del desarrollo internacional desigual se han ido modificando hasta suavizarse con tendencia a desaparecer. No precisamente por influjo del desarrollo autosostenido del capital nacional periférico, sino por determinación de la ley del valor a instancias del gran capital excedentario procedente de los países imperialistas.

De hecho, en los últimos cuarenta años los países dependientes han venido creciendo tan o más que los países del centro capitalista imperial. En efecto:



<<Entre 1960 y 1968 las economías capita­listas adelanta­das crecie­ron a tasas anuales del 5,2%, y los países subdesarro­llados al 5,3%; entre 1968 y 1979 los primeros lo hicieron al 3,5% anual, y los segun­dos al 6,2%. Las industrias de los países atrasados crecían, entre 1960 y 1968, al 8,5% anual, y entre 1969 y 1979 al 6,4% (datos tomados de Omina­mi, 1986). Entre 1970 y 1980 el creci­miento del valor agregado en la manufactura de los países latinoamericanos fue del 6,4% anual y en el este y sudeste asiático del 11,5% anual (datos de Ayres y Clark, 1998); el empleo industrial en los países subde­sarro­llados creció, entre 1971 y 1982, el 58% (dato tomado de Callini­cos, 1993, p.239). Además la exten­sión y profun­diza­ción de las rela­ciones capita­listas se registraron en el comercio, transporte y otros rubros de "servi­cios".>> (R. Astarita y O. Colombo: “Revalorizando la dependencia a la luz de la crítica a la tesis del estancamiento crónico”).

Y ese crecimiento en los países de desarrollo medio, como México, Argentina, Brasil o Chile, ha venido acompañado por la fusión entre el capital nacional dependiente de esos países con las grandes empresas multinacionales localizadas allí.

Sin embargo, Amín ha seguido escondiendo su cabeza bajo el ala del desarrollo desigual estructural para despreciar la contradicción entre las dos clases fundamentales irreconciliables dentro del sistema capitalista: la clase obrera y la burguesía. Samir obvia esa contradicción para destacar que, para él, la contradicción principal está dada por las relaciones entre los países centroeconómicos y la periferia capitalista, es decir, una contradicción de carácter interburgués sin visos de solución en sí misma trascendente del sistema. Por tanto, lo que nos cuenta Samir en sus libros son eso: cuentos. Porque ni están en la realidad del capitalismo ni consecuentemente contribuyen a su necesario conocimiento dado que restringe o limita ese conocimiento de la realidad a la dialéctica entre capitales nacionales de diverso grado de acumulación, lo cual deforma monstruosamente el conocimiento del capitalismo en su totalidad.

Este señor disecciona, separa o aparta convenientemente la dificultad que, para los intereses que él representa, supone considerar al capitalismo en su conjunto como dialéctica objetiva entre el capital y el trabajo, circunscribiéndolo a las relaciones entre capitalistas. Practica, por tanto, un cretinismo intelectual de la peor especie. Porque no se trata de “desconectarse” del Imperialismo dando a entender que así sería cuestión de tiempo esperar ilusoriamente que se cayera como una pera madura, sino de combatir al capitalismo a escala internacional.

Porque aun aceptando que esa proposición estratégica de Amín se cumpliera y el capital imperialista desapareciera como un tumor maligno sometido a quimioterapia, lo cierto es que, en tanto y cuanto la propiedad privada sobre los medios de producción y su necesario correlato: la competencia, se mantienen intangibles, ahí sí que sería realmente sólo cuestión de tiempo esperar que los monopolios imperialistas se reprodujeran espontáneamente, tal como Engels lo anunciara por primera vez en 1843 al publicar su “Esbozo de una crítica de la economía política” publicado por primera vez en los “Anales Franco Alemanes”, trabajo que Marx califico de “genial” (Ver: Feüerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”):

<>. (F. Engels: Op. cit.)

El corolario de todo esto, es que en la sociedad capitalista la tendencia al monopolio es imposible de erradicar mientras no se erradique el monopolio por excelencia: la propiedad privada sobre los medios de producción. Y el problema que tienen individuos como Samir Amín, radica en que ellos no pueden aceptar semejante cosa, porque llevan el monopolio de la propiedad privada, en este caso el de la propiedad intelectual, metido en la sangre.

Marx llama “conocimiento concreto” de una sociedad dada al “concreto pensado” sobre su totalidad como objeto de ese conocimiento, en nuestro caso la economía política del capitalismo; es decir, al conocimiento de los fenómenos o forma de manifestación de este objeto por su esencia según su concepto, entendido el objeto como totalidad o unidad dialéctica de contrarios u opuestos. La ciencia de la economía política parte, pues, de la relación dialéctica primordial entre capital y trabajo. Solo así cada fenómeno del objeto —en nuestro caso el intercambio internacional desigual— puede llegar a tener significación y sentido científicos, de tal modo que “las consecuencias” del capitalismo en su periferia —de las que habla Samir—, sólo pueden conocerse o explicarse si se los pone en relación con su esencia, y a esa esencia con la causa formal, concepto o principio activo del capitalismo como totalidad (de fenómenos y esencias), es decir, puesto en relación con la transformación del trabajo necesario en excedente para los fines de la acumulación.

¿En qué reside o consiste la esencia de las raíces en cualquier vegetal? En extraer los nutrientes de la tierra para convertirlos en savia. ¿Cuál es su concepto o principio activo? La fotosíntesis. ¿En qué reside la esencia del intercambio desigual de plusvalor? En la distinta composición orgánica de los capitales. ¿Cuál es el concepto de esa esencia como totalidad orgánica que hace al comportamiento de la burguesía en su conjunto? Apoderarse de la mayor cantidad posible de trabajo necesario para convertirla en excedente a los fines de la acumulación.

Samir Amín no pone su intelecto en conexión con nada de esto. Simplemente se limita a deambular entre las formas de manifestación del capitalismo internacional —en nuestro caso el intercambio desigual— para relevar de ahí lo que conviene a su condición de intelectual pequeñoburgués. A esto se le llama pragmatismo, nada que ver con la verdad científica. La pequeñoburguesía intelectual piensa y refleja en su discurso lo que parece ser, como en un espejo, escamoteando no sólo el ser esencial que subyace a ese parecer, sino también su concepto o razón de ser.

La dialéctica entre capitales, esto es, la competencia, es una forma de manifestación o causa eficiente de la lógica del capital social global que se verifica en la esfera de la circulación o intercambio entre mercancías y dinero. ¿Cual es la esencia de esa dialéctica entre capitales?, el reparto del plusvalor global producido entre capitalistas que operan con diversa masa de valor en funciones y distinta composición orgánica de sus capitales. ¿Cuál su concepto?, la producción de plusvalor para los fines de la reproducción ampliada, que es, precisamente, la causa formal o concepto del capitalismo, determinada por la relación de producción entre capitalistas y asalariados.

¿Qué clase de conocimiento es el que nos brinda éste señor, que aisla, o independiza convenientemente el intercambio desigual desconectándolo de su causa formal o concepto? ¿No es su idea de la “desconexión” una determinación abstracta en tanto que no está mediada o conectada —a través del pensamiento— con la esencia de cada fenómeno y el concepto de la totalidad orgánica llamada capitalismo, esto es, con la ley del valor? Entonces, ¿con qué fundamento podemos decir que el señor Amín “ha contribuido a la lucha internacional”, en su calidad de intelectual o teórico supuestamente anticapitalista?.

Samir Amín postula que las nefastas consecuencias que padecen los explotados del llamado “tercer mundo” no se derivan del capitalismo, sino de su parte más desarrollada. Como si éste fuera “el lado malo” de la competencia —al decir de Proudhon. Éste, el de la gran burguesía de los países imperialistas, es uno de los dos polos de la relación dialéctica en la esfera de la circulación internacional de los capitales, cuyo otro polo es el capital nacional dependiente, es decir, según Amín, “el lado bueno” de la competencia interburguesa, ¿no es eso? Pues, ¡NO! El capitalismo es el capitalismo del mismo modo que una manzana es una manzana. No está compuesto de dos totalidades distintas sino de una totalidad conceptual de dos partes fundamentales antagónicas históricamente irreconciliables, una de la cuales es el proletariado internacional y la otra el capital, donde este último se presenta o aparece, a su vez, como una unidad dialéctica entre dos opuestos de idéntica naturaleza social: los capitales oligopólicos de los países centros económicos y los capitales dependientes de su periferia.

Esta dialéctica interburguesa se basa en el desarrollo desigual y espasmódico de la economía capitalista, tanto al interior de cada país como a escala internacional, determinado por la desigual masa de valor y composición orgánica de los capitales en función, que interactúan entre ellos, cada cual tratando de rapiñar para sí la mayor parte posible del plusvalor producido por los asalariados. Una realidad que no puede descomponerse maniqueamente en una parte buena y otra mala, como si la parte buena fuera el “Pepito grillo” u “otro yo” del capitalismo, cuando, en realidad, ambas partes de la relación interburguesa son de idéntica naturaleza social explotadora de trabajo ajeno, donde las consecuencias de una sobre la otra no pueden evitarse —como decíamos más arriba—, sin acabar con la relación dialéctica primordial fundamental, expropiando a los grandes y medianos explotadores e introduciendo al mismo tiempo el control obrero sobre los pequeños, como paso previo a su socialización.

Atribuir al centro capitalista las consecuencias que se verifican en su periferia, es lo mismo que atribuir al polo eléctrico negativo lo que pasa cuando alguien se electrocuta. ¿Cómo explica Samir Amín el polo de absoluta penuria “underground” que habita en el subsuelo de metrópolis como New York o Londres? ¿Qué contribución es la de este hombre a “la lucha internacional” por mediación del necesario conocimiento del capitalismo, si las leyes del sistema no se tienen en cuenta o se las mutila para manipular y tergiversar su realidad de forma tan grosera, y se atribuye el fenómeno del intercambio desigual a la burguesía imperialista, como si ese fenómeno no fuera producto de la identidad dialéctica de contrarios naturalmente complementarios entre capitales de diverso valor y distinta composición orgánica, dedicados todos ellos a explotar trabajo ajeno?.

¿De dónde salen a la luz del pensamiento científico las leyes del capitalismo, sino como resultado de poner como objeto de estudio la unidad dialéctica fundamental entre el capital y el trabajo enajenado? ¿Y en que parte de los análisis que hacen teóricos como Amín, aparece considerada esta unidad fundamental o maestra, entre contrarios no complementarios o históricamente irreconciliables, primordial a la hora de explicar fenómenos o formas de manifestación derivadas o subrogadas de esa dialéctica fundamental, como es el intercambio internacional desigual entre capitales nacionales de distinta magnitud de valor en funciones y consecuente desigual composición orgánica?.

En su trabajo de 1988, Samir Amín propone a las burguesías nacionales dependientes “desconectarse” políticamente de la lógica realmente subrogada o de segundo orden que él considera de primer orden, como es la lógica de su dependencia respecto de los países imperialistas. Para ello plantea un proyecto de acumulación políticamente “autocentrado”, es decir, un proyecto de autodesarrollo sostenido del capital nacional periférico políticamente asistido, algo así como un capitalismo en permanente “unidad de vigilancia intensiva”. Nada nuevo bajo el Sol. Se trata, en esencia, de violentar la Ley del valor condicionando políticamente a uno de los dos polos de la dialéctica interburguesa, el polo del capital imperialista que, en relación de identidad con el otro polo —el económicamente dependiente— tiende naturalmente a la nivelación internacional de las distintas tasas de ganancia. Se trata, pues, para los discípulos de Proudhon, de romper políticamente con esa mecánica del capital social global, con esa tendencia objetiva del capitalismo a la desigualdad en los intercambios —su “lado malo”—, para conseguir que del capitalismo explotador quede sólo su “lado bueno”, la igualdad o equivalencia en los intercambios internacionales según sus valores, o lo más cerca posible de esa equivalencia. Marx en su crítica a Proudhon dice:


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